lunes, 30 de noviembre de 2009

Día nacional de los piojos

Con el comienzo de un nuevo ciclo escolar, propongo declarar al piojo un prócer puertorriqueño y honrarlo con la designación del Día Nacional del Piojo.

La médula de esta propuesta es que el piojo es el único boricua capaz de unir a las familias de todos los credos, clases socioeconómicas, razas y afiliaciones políticas. A la hora de atacar los matojos de pelos, éste no discrimina e igual se anida en uno en San Juan que en uno en Peñuelas. Aterriza tanto en el pelo bueno, el liso a fuerza de secador, el pelo muerto que no se mueve ni con un huracán, y entre los recios rizos que abundan en nuestra noble patria.

Confieso que la primera vez que el aviso escolar de epidémica colectiva llegó a nuestro hogar hice caso omiso sencillamente porque el pediatra nunca ha esgrimido la palabra pediculosis en sus siempre acertados diagnósticos. Cuando descubrí que el sofisticado pero decoroso término es la enfermedad causada por los piojos, revisé las cabezas y concluí aliviada que los puntos blancos no eran piojos ni liendres sino el dichoso polvo del Sahara, residuos del estucado del techo o un incipiente e inofensivo ataque de caspa. Hasta que el restriego cabelludo perdió todo su pudor y se tornó tan violento que emergí a pasos galopados de la densa nube del Sahara para hacer viajes clandestinos a comprar los insecticidas. Rompí el juramento de consumidora sabia al seleccionar el empaque más vistoso y con el mayor número de sinónimos para asesino.

Algún intrépido economista debe hacer un cálculo de la pérdida a nuestro producto interno bruto que conlleva las largas horas invertidas en la revisión minuciosa de cada hebra y en la preocupación cada vez que alguien alza un dedo, una mano, o hasta el inofensivo dedo gordo del pie, para tocarse la cabeza. Ni hablar de las amistades tronchadas, el dinero invertido en químicos o en los tratamientos sicológicos a los niños identificados como las fuentes de la plaga.

El acto de rascarse y otear tenazmente las cabezas para detectar los insaciables acróbatas de pura cepa desnuda impunemente nuestro origen animal. Si el presupuesto no estira para un nuevo feriado, legislemos, pues, un periodo diario para que, cogidos de las manos y reafirmando nuestra fe en el poder de la unión patriótica, nos exploremos sin despecho las cabezas. Una de las imágenes más conmovedoras (al menos a mí me hace llorar) es ver a un mono en el zoológico removiendo uno a uno las impúdicas pulgas de su compañero.

Imagínese el ejemplo de verdadera camaradería en tiempos recesivos que darían nuestros políticos, artistas y el clero si aparecieran en una conferencia de prensa el Día Nacional del Piojo sondeándose las cabezas. ¡Que vivan los piojos!

Confesión

Hace tres años, mi buena amiga Alicia me paró una mañana en medio del tortuoso trajín de dejar a los chicos en la escuela y preguntó algo insólito e inesperado: “¿Quién rayos es Rosángela?”

Hubiese deseado haber consumido la segunda taza de café del día antes de contestar el tostón de pregunta que por venir de Alicia iba acentuado con una buena dosis de mondongo maturnino. Asustada y compungida, pero decidida a salir finalmente del infame y hermético armario con o sin la segunda cuota de cafeína, confesé que Rosángela es una talentosa cantante boricua-dominicana que participaba ese año en el programa Latin American Idol que se filmaba en Argentina.

Sus ojos subidamente desorbitados eran testimonio concluyente de la incredulidad de la buena amiga quien había asumido que los inusuales pero persistentes mensajes de texto en su celular eran de carácter místico, un códice espiritual en clave de su muy erudita amiga. Tragando fuerte y evocando una visualización de una impía persignación cuasi perfecta, aclaré que jamás, óigalo bien, jamás había sucumbido a la banalidad del texteo hasta convertirme en fanática de este tipo de competencia de canto donde descuella nuestro talento latinoamericano. En lo que dominé el dichoso aparato, Alicia, por ser la primera en mi directorio telefónico, tuvo que aguantar estoicamente las múltiples pero no menos apasionadas equivocaciones al tratar de enviar mi voto. Esa puede ser la razón por la que la infortunada pero talentosa Rosángela no pasó más allá de ser tercera finalista.

Por dicha y por mi esmerado empeño, Alicia no se enteró de mis votos por Marlon, Juan, Iván, Cristina, Samuel y, más recientemente, Fabián, quien se convirtió en mi candidato favorito en Objetivo Fama cuando cantó de tú a tú una salsa con Jerry Rivera, y con su guitarra interpretó a capela “Boricua en la luna”. Eso sí, Alicia tuvo sospechas un sábado cuando insinué solapada, pero insistentemente, que todos sin excepción alguna, debían retirarse de nuestro hogar antes de las 8:30 p.m.

Alicia respira aliviada pues las veladas no terminarán tan temprano de ahora en adelante; ha concluido la saga anual de este programa al cual mi familia se volvió adicta por accidente y necesidad mental. Los sábados en la noche solo tenemos dos opciones televisivas y hasta hace unos meses una de ellas era el canal que transmitía este concurso.

Olvídense del triste hecho de que los ganadores terminen cantando en el patio de comidas de un centro comercial o amenizando pulgueros, y no logren vender millones de discos, firmar con Sony o salir en la lista de los 1,000 Latinoamericanos más destacados de People en Español. La magia de este tipo de programa estriba en lograr mantenernos pegados oyendo éxitos latinoamericanos de la vieja ola como José José y Rocío Durcal, o de la nueva, como Alejandro Sanz y La Quinta Estación, en voces noveles y prometedoras.

Difícil tarea será recrear el furor que causa este tipo de competencia en nuestros municipios donde se olvidan por unas horas los miles de problemas que nos agobian, las pasiones políticas, las diferencias en credos, y el siempre desconcertante número de asesinatos de esa semana. Igual de arduo será repetir el encanto de ver a nuestros hijos compartir esas dos horas de musicalidad latinoamericana aunque nunca lo admitan públicamente… y su madre se sonroje al admitir que sus noches sabatinas ya no serán igual.

Recesión

Durante tiempos recesivos impera la prudencia en los gastos y los estilos de vida. Aun sin perder sus empleos, son muchas las familias que han hecho serios ajustes para capear el impacto que causa la siempre letal combinación de inflación y aprensión.

Nuestra familia no ha sido la excepción. La diferencia ha sido el toque humorístico con que hemos recibido los embates que nos plantea esta nueva realidad económica.

A manera de ejemplo cito a las goteras, el eterno problema en nuestros países tropicales. Esgrimiendo nuestro lema familiar de enfocarnos en lo positivo, no importa su catastrófico grado, damos pecho al constante y acuoso bombardeo pavoneándonos de que en nuestro hogar hay un ingenioso sistema interior de riego. En aras de sustentar nuestro argumento hemos movido todas las plantas hacia los cuartos donde las incesantes gotas de lluvia buscan con su singular e insaciable apetencia dónde aterrizar. Cuando el rostro de nuestra amada hija amanece empapado, y momentáneamente olvida el mantra familiar, solo basta hacerle la siguiente pregunta para que sienta orgullo y alivio: ¿Cuál de tus amigas, primas y vecinas amanece con el rostro hidratado en las mañanas?

En el caso de los zapatos del chico, la decisión de usar el término anglosajón cross ventilation para describir nuestro nuevo invento fue fácil. Lo arduo fue persuadir al adolescente, cuyos pies se estiran al mismo ritmo que nuestro déficit presupuestario gubernamental, el deber patriótico de extender por varios meses más la vida útil de sus zapatos escolares. La persistencia, y la machaca diaria de la ventaja de ser el único en su clase de tener ventilación cruzada a sus pies, surtieron efecto y ya exhibe feliz esta nueva tecnología. Eso sí, de vez en cuando tiene que aclarar que el otrora calcetín blanco a punto de deshilacharse, que se asoma sin recato alguno por la ventanilla de ventilación amigable a nuestro medio ambiente, apenas tiene seis años, cinco remiendos y 654 lavadas.



La mochila reciclada cuyas dos cremalleras principales se rehúsan a cumplir su cometido de mantener los contenidos adentro es otra fuente de inspiración familiar. Los gigantescos imperdibles, que una vez sostuvieron el correspondiente contenido dentro de los pañales de telas, están gozosos de tener una nueva oportunidad.

La avería del pesado portón principal de la casa conllevó tener que abrirlo manualmente por seis meses pero permitió cancelar la membrecía al gimnasio donde levantábamos pesas. (Hay un vecino que alega que, al igual que la corredora sudafricana, la que escribe es hermafrodita después de verla empujar el portón al menos seis veces al día con inusual destreza y energía).

Una imparable fuente de orgullo se convirtió el defectuoso desagüe sanitario por lo novedoso de tener el abono natural cerca de nuestro hogar para facilitar el riego y abono de las plantas. (Nuestro culantro es el mejor de la comunidad). La chica de la familia explica con orgullo a sus amigas que las dos ventanas rotas son las salidas de emergencia tan necesarias en nuestros hogares hoy en día, mientras que el chillido de la gastada y raída polea de mi carro es un recordatorio de mantener siempre una velocidad prudente. En cuanto a los destartalados pero aun útiles gabinetes de cocina, solo basta preguntar a nuestros hijos que citen a uno, solo uno, de sus amigos cuyo hogar ostente la distinción de proteger de la amenaza de extinción a tres folklóricos nidos de comején.

No somos una familia perfecta, por supuesto y, a pesar de nuestro fervor por el reciclaje, tras varios intentos hemos desistido de rehusar el hilo dental, los palillos de dientes y los huesos del perro.

Ahora le reto a usted, querido lector, a que me cuente cómo le ha dado la vuelta a sus retos económicos.

Gafas de sol

Mi gente, espero que estén bien sentaditos y agarraditos cuando lean la próxima declaración – he tenido enchules con Wisín y Yandel, Tego, Don Omar y con otros reguetoneros cuyos nombres se me escapan.

Antes de que sus dilatadas y ofendidas pupilas se desvíen con bochorno ajeno de este pasaje, hago la salvedad de que el crush se evapora, con igual celeridad que las gotas de agua oxigenada en una supurante herida, cuando cometen el terrible e imperdonable error de quitarse las gafas de sol.

No importa lo sexista, profana o chabacana de sus canciones, y cómo hieran mi inalterable fibra feminista, el solo hecho de exhibir unas imponentes gafas de sol retiene mi atención el tiempo suficiente para que de mi boca se despeñen las primeras babas. El hechizo dura hasta que se le desplazan los lentes de sol, develando sus reveladoras miradas.

Los oscuros e impenetrables lentes surten la misma magia cuando veo a un policía, un fumigador, un boxeador, una foto de Jackie O, a Olga Tañón, a un amigo o a un asesino en serie.

Lo cierto es que, estén de acuerdo o no, nadie duda que los ojos son el espejo empotrado de nuestra lóbrega alma. El ocultarlos, opacarlos o protegerlos reviste con un hipnotizante velo de misterio y esperanza a su portador, y esa curiosidad es clave para mantener la atención.

A mí las gafas de sol me acompañan día y noche y mi obsesión llega a tal extremo que guardo un par extra en el carro de mi medio mangó. En la mañana las bienhechoras gríngolas cumplen el cometido de encubrir el débil efecto del sorbo de café que discurre por mis intestinos, lo suficientemente potente para poder echar ropa cuasi decente sobre mi herrumbroso cuerpo, preparar desayuno y salir a batallar el tráfico mañanero. Las gafas ejecutan de forma magistral su función de ocultar la asesina mirada al conductor que no me da paso, al que no se percata que apenas tengo 3 minutos antes que toque el infernal timbre y encubrir que dormí tres horas la noche anterior. Aunque vista una gastada sudadera de ejercicio, los honrosos anteojos oscuros alimentan la imagen de una profesional exitosa y madre perfecta, y ocultan el que, al regreso al hogar-oficina, espera un fregadero atestado de platos, dos reportajes sin terminar, tres tandas de ropa para lavar, una perra que aun no aprende que el sofá donde le gusta defecar le queda un año para su saldo y a la iracunda madre que logró levantar al chico adolescente, cinco minutos antes de partir, a grito pelado y repitiendo desquiciadamente, pero con inamovible firmeza, la palabra soez de seis letras.

Por la tarde, las gafas no solo ocultan el cansancio mental detonado por el desplazo incesante entre tareas familiares y profesionales, sino el hastío de uno que otro día cotidiano. Con sus anchos lentes, estiran el peso al no tener que embarrutar de maquillaje una mitad de la cara.

A más de un gobernador, presidente, legislador y primer ministro he visto arrugando los ojos ante el implacable sol sin recurrir al auxilio de los lentes polarizados. Ahí estriba la razón principal por la cual, a pocos meses de ser electos, comienza a declinar su popularidad. Quizá puedan aprender de sus compueblanos músicos y deportistas, y de esta humilde escritora, y usar gafas cada vez que hagan campaña o se dirijan al pueblo. Albergo la esperanza de que, por unos preciados segundos, en lo que las gafas inevitablemente se salgan de sitio, nos devuelvan la esperanza.

El chico de la casa

Al chico de la casa le urge remplazar sus anteojos bifocales por lentes de contactos. Sólo tiene un pedido- la cita optométrica no puede caer el mismo mes de su cumpleaños o, peor aún, en los meses navideños de diciembre y enero.

Con o sin razón, el chico de la casa teme que las gomosas y húmedas lupas ejerzan la doble función de regalo y necesidad. En palabras sencillas para los que adolecen de nuestro singular sentido del humor, que su madre sea tan cruel y despiadada que le espete de regalo de cumpleaños, de Navidad o de Reyes los dichosos lentes mágicos que le devolverán la cordura visual. Para colmo de males, su pedido incluye la exigencia de que los lentes deben venir en su estuche, no en unos potecitos reciclados Gerber, y acompañados por un generoso envase de solución desinfectante, por si había intención de desglosar el gasto-regalo en varias festividades.

El chico de la casa no sabe lo incapaz que sería la que escribe de semejante atropello y chantaje emocional. El costo de los lentes apenas iba a reemplazar sus salidas al cine, con sus amigos y a la heladería por un razonable periodo de 15 meses y medio. O sea que el chico de la casa podría retomar estos menesteres en tan solo 62 semanas.

Después de todo, jamás le he negado capricho alguno aunque reconozco que algunos han tardado varios años como el periodo que estuvieron en boga los Pokemons y tuvo que esperar tres años que pasaran de moda, y se pudieran conseguir en el rack de liquidación a tres por $1, para comenzar su colección. A sus 12 años pudimos por fin celebrar su cumpleaños inspirado en Barney y lo rematamos con algunos toques de Clifford y Winnie de Pooh, a tiempo para evitar un irreparable daño emocional.

A medida que se acerca el Día de las Brujas, (Halloween, para los no muy duchos en nuestro vernáculo) los chicos de la casa se preparan para el aluvión de comentarios al nuestra familia repartir esa noche deliciosos dulces de Navidad y Pascuas. En algunas ocasiones, dependiendo de la contracción en ventas ese año, aparecen también chocolates de San Valentín y hasta dulces conmemorativos del Hannukah. Coloridos bastoncitos rojos y blancos, chocolates de hombres de nieve, brillantes adornos navideños estofados con crujiente melcocha, huevos de malvaviscos, conejitos y delicados cupidos de chocolate son parte del divertido surtido de nuestra canasta en forma de corazón a la que siempre asiste un vistoso cesto de pascua el Día de las Brujas. El estupefacto rostro de los críos nos alienta cada año a seguir con nuestra esperada tradición.

En navidad, los chicos reciben calabazas de chocolate, brujitas azucaradas y sus preferidos, los fantasmas de chocolate solido. Eso si, ha habido una que otra ocasión que las hormigas han violentado el almacén donde cada año, después de Halloween, se almacenan los dulces con 80% de descuento para repartir en Navidad, y las gangas azucaradas post Navidad, Hannukah y San Valentín. (En esas raras ocasiones, nos limitamos a alterar en las envolturas el contenido proteínico de las golosinas).

Ya son grandes la chica y el chico de la casa y no hay forma que entiendan que el disfraz ideal para el Día de las Brujas es el pijama de Santa Claus, el de Rudolfo el venadito o el de Muñeco de Nieves. Igual de infructuosa es la tarea de persuadirlos a recibir Navidad, y a los Reyes Magos y sus camellos, con un disfraz de bruja, hombre araña, Tarzán, Dora la Exploradora o Barney. Por aquello de que no se nos acuse de sabotear las costumbres navideñas, al hombre araña un año le añadimos una brillante nariz roja que se accionaba con control remoto. A Barney le colgamos del rabo unos cubos de hielo con ramitas de pino navideño y a la bruja con la escoba un velo de la virgen María. Catequizar al chico de la casa que era Rudolfo vestido de hombre araña o un muñeco de nieve vestido de Barney no fue faena fácil. Y la chica todavía pregunta si es cierto que en el nacimiento viviente fue la virgen María disfrazada de bruja para ahuyentar a Herodes y sus secuaces.

Tecnología

Los avances tecnológicos son fantásticos pero, a mi entender, siempre humilde y llano, se quedan cortos.

Tome a manera de ejemplo el correo electrónico. Por poco infarto hace unos días cuando recibí en mi buzón cibernético un mensaje, de esos que las computadoras generan sin darle mucho casco al asunto y sin pensar en su impacto sicológico, anunciando la triste noticia de que una persona a la que le había enviado con mucha ilusión un mensaje lo había borrado sin leerlo.

Luego de controlar las precipitadas palpitaciones, y sacar a la perra de la oficina para asegurarme de no patearla por equivocación, comencé a cavilar. El infeliz y desventurado desgraciado, ¿al menos abrió el mensaje aunque no lo leyera? ¿A qué hora exacta le proporcionó el golpe mortal a la tecla de suprimir en su ordenador? ¿Había tomado café antes de darle a la tecla? ¿Sabía que el mensaje venía de mí? ¿Había tomado sus píldoras para la presión, la ansiedad y las vitaminas que le tocaban ese día? ¿Tenía fondos su cuenta bancaria ese día?

¿Por qué rayos quien inventó el sistema de rastreo para notificar si el mensaje fue leído o desechado no se esforzó un poco más para cerciorarse que estas dudas queden claras? El daño de no saber la razón pormenorizada de por qué mi mensaje terminó en el buzón de la basura es irreparable y ahora cada vez que me topo con el censor cibernético debo reprimir unos enormes deseos de devorarlo con la asesina mirada que se apodera de mi campo visual. Por si se asoma por el rabillo del ojo me aseguro ese día de usar las gafas de sol con el tinte más oscuro.

Igual pasa cuando encuentro una llamada perdida en mi teléfono celular. ¿Cómo se perdió en un país tan civilizado como el nuestro donde hasta proliferan mapas electrónicos? ¿Cuántas veces intentó llamar antes de darse por vencido y colgar? ¿Por qué no pudo dejar un mensaje en el buzón de voz?

Este tipo de evento genera crisis pues no hay protocolo alguno que nos dicte los pasos a seguir. Por ejemplo, ¿debo llamar al perdido y preguntar si necesita que lo ubique? ¿Envío un mensaje al sensor cibernético indagando por qué no leyó el mensaje en cadena, con el encabezado de Urgente en negro y mayúscula, que asegura se le cumplirá su deseo si lo reenvía con celeridad a 83 personas más durante los próximos 11 minutos?

La solución estriba, señores, en que no se permita usar este tipo de tecnología si no puede ceñirse al protocolo básico. Otro recurso a ponderar es legislación para proteger los derechos de los usuarios cibernéticos y se exija tecnología, aditamentos y medidas que nos permita quedarnos tranquilos al saber que nuestro mensaje, llamada o grito ha sido debidamente atendido.

¿Quién se une a mi propuesta?

El arte de parir

Algún filosofo, asumo hombre, expuso alguna vez que parir es un arte. Si el locuaz intelectual está en lo correcto, a mí me deben conferir no solo el premio Príncipe de Asturias sino el del Emperador de Asturias, el Nobel, el Oscar y el Goya pues mis dos experiencias han sido elocuentes obras de arte.

La evidencia de mis dotes artísticos en eso de declamar e improvisar mientras se pare no tardó mucho en evidenciarse. Al día siguiente de parir con orgullo y amor al primogénito, mi madre llegó a mi cuarto y me dijo, susurrando y en tono cómplice, que esta servidora era la comidilla en el piso de maternidad. Hubiese deseado no escuchar más pero, madre mía al fin, no pudo reprimir el deseo de terminar el relato que ya me hacía discurrir cama abajo, debajo de las pesadas cobijas. Resulta que al asomarse por la ventana del cuarto donde estaban los recién paridos, una mujer, de seguro depresiva y con muy baja auto estima, murmuraba a la que estaba al lado que la mamá del bello varoncito que estaba justo al frente, de apellido Hernández, se había quedado con el piso la noche anterior con su colorido repertorio de palabras impublicables y alaridos desesperados sazonados con una retahíla de maldiciones.

Al escuchar el relato, lo primero que me vino a la mente fue una imagen a todo color y digital de la madre que parió a la depresiva pero no menos charlatana mujer. Lo segundo fue esgrimir el trillado argumento de que vivimos en una democracia y desconocer que a la hora de parir pudiera aplicar la censura. Lo cierto es que aun preparo la demanda civil al hombre, no me cabe duda que es un hombre, que dijo que hay tal cosa como parto sin dolor. O estaba fumaó, como diría el primogénito, o pensó que no haría mucho dinero si dijera que eran ejercicios para hacerte creer que no hay tal cosa como dolor cuando tu inflado, desfigurado e hinchado cuerpo trata de expulsar un mocoso y húmedo bulto de 7 libras.

Tuve la premonición de que las cosas no irían tan bien durante la primera clase de parto sin dolor cuando mi medio mangó se acomodó la reglamentaria almohada detrás de su espalda. Su gesto no me sorprendió hasta ver las caras asombradas de las otras parejas. En efecto, todos los compañeros acomodaban la almohada detrás de la abultada y cansada espalda de sus compañeras. Por si las dudas, no perdí tiempo en aclarar que la que paría era yo, no mi medio mangó que para entonces tenía cara de naranja criolla exprimida después de la Gran Depresión del 1929.

No voy a entrar en detalles de lo que sucedió en la sala de partos. La estoica resolución de parir sin anestesia duró apenas tres contracciones del tamaño de los cráteres de Júpiter. El hospital al parecer sospechó que en esa sala una pecadora de grandes ligas iba a parir no solo una cría sino una avalancha de improperios pues me asignaron a parir justo al frente de un gigante crucifijo con el correspondiente atribulado Jesucristo. (En verdad que era como de 2 pies pero con cada contracción juro que aumentaba en tamaño).

Luego de proferir la irremplazable palabra soez de seis letras que rima con peseta, me volteé a ver a la obstetra a preguntarle a quién (tápense los oídos, por favor) carajo se le ocurría poner a una mujer a parir frente a un crucifijo. Ofendida, la buena mujer se persignó, me miró y con severidad dijo: “ése, ése que está ahí, sufrió más que tú”.

Fue la segunda vez, y no la última, que la palabra de seis letras que rima con peseta salió disparada de mis labios, a un decibel jamás antes escuchado dentro de esas cuatro santas paredes. Miré fijamente a la obstetra y le grité, a pulmón y a riesgo de terminar en el infierno sin un riñón, que estaba en desacuerdo pues, aunque hubiese salvado al mundo, él jamás, jamás, jamás había parido.

Disfuncional

Un siniestro martes la chica de la casa no me habló al subirse al carro tras su día escolar. Siempre elocuente y cariñosa, esta vez no solo me negó el beso sino que ni siquiera me dirigió la mirada en el trayecto. Pasé 20 minutos volviéndome a preguntar qué rayos hacía una mujer, capaz de sacarles información a altos ejecutivos, rompiéndose la cabeza para excavar la razón por el inesperado trato cruel a un honroso miembro de la segunda edad.

Horas más tarde, luego de amenazar con usar sus ahorros en la alcancía para contratar a un abogado y demandarla por angustia emocional, la chica confesó estar furiosa porque, al encontrarnos por casualidad esa mañana en la escuela, me despedí en pleno pasillo con un te amo. (Ella alega que grité te amo pero hay testigos que aseguran que no fue un grito sino un amoroso aullido maternal).

Respiré aliviada pues mi falta no fue más seria que un simple te amo hasta que explicó que no solo la abochorné sino que arruiné su reputación. Me hizo jurar que jamás volvería a vociferar frente a sus compañeras esa frase, que nos ha unido desde que era bebé y que es nuestra mantra familiar. (Es un alivio saber que los besos y los abrazos aun no demuelen reputaciones.)

Madre comprensiva al fin, y mujer sabia que a diario toma pasos para protegerse de demandas por desazones emocionales en años venideros, añadí su pedido a la lista que cada año, mientras los chicos se adentran a la adolescencia, se alarga. Al chico, por ejemplo, no lo puedo recibir en la tarde con el habitual cómo está el bello de mami hasta que cierre la puerta del vehículo y se cerciore que las ventanas estén herméticamente cerradas. (Nuestros intentos de conseguir un aparato que mida las palabras maternales embarazosas que se filtran por la ranura de la ventana han sido infructuosos). El beso de saludo está racionado a la mañana y ni se me puede ocurrir pedirle uno en la tarde a menos que estemos a 20 millas de la escuela y transitando a más de 60 millas por hora. Si le hablo, no oigo contestación alguna del chico súper cool y a la onda que no habla con adultos hasta que crucemos los dos semáforos y estemos en territorio crepuscular. Didudidu, didudidu.

A la hora de recogerlos y dejarlos, en la estación de radio sintonizada se tiene que escuchar alguien gritando, berreando o bramando, en inglés o en español, mientras se oye un escándalo metálico que no deja entender ni pío. Se certifica la chica que no haya equivocación alguna, a 20 pies de la entrada de su escuela, cuando debemos dejar de reírnos con las ocurrencias de un comediante local. Al sintonizar la otra estación radial, a la cuenta de tres ponemos caras de familia disfuncional que no se habla, todo le importa un bledo, no se dice te amo, y es súper pero que súper cool al ignorarse y estoicamente tolerar el ametrallado concierto.

El oficial

En el salón aeroportuario el eficiente oficial y yo escudriñamos el uno al otro. Mi silencio no arruina el ahínco con el que rezo, imploro y suplico que el distinguido caballero no me haga el pedido que pudiera arruinar mi reputación de mujer profesional, dama y madre. El oficial me mira y sospecha que algo me traigo entre manos. Trato de hacerme la desapercibida pero es imposible pues en apenas dos turnos debo pasar por el penoso proceso al que acaban de someter a los despreocupados seres humanos frente a mí. Las moléculas de sudor que gotean de mi frente y del sobaco derecho, me acuerdo que fue el derecho por cosas que no vienen al caso, no ayudan en la encomienda de mantener la calma, la cordura.

Debo aclarar un punto importante. El suceso que está a punto de acontecer es penoso para los que me rodean, no para mí pues hace tiempo tomé la decisión y vivo feliz con ella. Pero de vez en cuando, y de cuando en vez, mi fallo se pone a prueba y hurgo nuevamente en lo más intimo de mi ser para buscar la respuesta a la interrogante si la decisión que una vez pareciera tan acertada es efectivamente correcta.

Juro que el ceño del oficial se estruja más de lo usual, y pudiera muy bien hacer uso de un poco de almidón para quitarse unos cuantos años. Opto por no sugerírselo, y relajo lo más posible mi ceño, algo cada vez más retador al avecinarse mi medio siglo. El movimiento parece forzado, fingido y el oficial se acerca un poco más y me mira.

Señalando al recipiente gris vacio, la mirada del oficial no puede ser más clara que el cantar de un gallo. Le pregunto con la mirada si está seguro y no responde. Las cuerdas vocales se aflojan y le susurro al oído si está seguro que prosiga con lo que establece el reglamento. Sonríe mientras vocifera, para beneficio de todos: No tenga pena, estamos acostumbrados.

Debí preguntar a qué nivel de costumbre se refería al ver la cara de espanto y la nariz encrespada tan pronto me quité el primer zapato negro y lo puse dentro del recipiente. Mientras su cara se torna púrpura, inhala mientras yo exhalo aliviada pues el olor aun no ha activado la alarma anti-terrorista. Sus elegantes fosas nasales, al igual que la de otros pasajeros que sin pudor debaten sus miradas entre mis sudorosos y malolientes pies y los estoicos zapatos negros, se retuercen sin misericordia mientras tiro el zapato izquierdo dentro del envase gris y, corriendo, paso como un celaje por el detector de metales para poder ir al rescate de los zapatos. Rescate pues lamento informar que han sido varias las veces que han querido botarlos, sin considerar siquiera la opción de reciclar para el beneficio de nuestro bendito planeta, luego de que los canes-busca-drogas los someten al indecoroso husmeo sin poder detectar qué rayos esconden los mocasines negros para emanar un olor tan enérgico y lleno de personalidad.

Lista para disparar el discurso del amor por mis zapatos, me decepciono cuando los empleados no hacen gesto alguno para entregarme los zapatos aunque si me ayudan acomodar la computadora portátil en su maletín.

¿Cómo explicar el affaire con el par de zapatos negros que no me ha abandonado un solo día en tres años? ¿Cómo explicar que llevo tres pares más en la maleta con posibilidad mínima de uso en mis dos semanas de viaje por trabajo?

Hace dos semanas, el limpiabotas en Guatemala no podía entender por qué preferí darle dinero sin obtener el servicio de lustrar mis sucios mocasines negros. El temor de una acusación por maltrato infantil en suelo extranjero era muy fuerte. En el avión de regreso a mi bella isla desde Panamá, el pasajero a mi lado seguro no entendía por qué rayos esta servidora insistía en arrastrar el pie derecho para al frente y para atrás por casi tres horas. Preferí que me achacara un severo desajuste mental antes de quitarme mi gastado, pero amado zapato, para rascarme el perfumado dedo gordo del pie.

¿Escollo?

El día se asoma común y corriente. Pero esos detalles no ayudan al estar frente a la interlocutora y tratar de decidir cómo formular la pregunta nuevamente sin que piense que soy idiota, desquiciada o un ser de otro planeta.

Como no sería apropiado refugiarme detrás de las gafas con el lente más oscuro, me concentro para mantener el contacto visual y reforzar la imagen de madre extremadamente preocupada por los escollos de aprendizaje que el estudiante presenta. Impulsivamente, y sin pensarlo, suelto la pregunta:

O sea, ¿debo repasar con el estudiante las notas y el capítulo todas las noches?

Me mira y trato de frenar la sonrisa que lucha por escaparse. Inhala, exhala, está vez un poco más visible, y creo que repite por tercera vez que sí. Creo porque, justo en ese instante, miro nuevamente al teléfono celular que vibra, me limpio la uña del meñique derecho, mientras pienso en el reportaje a medio escribir, la tanda de ropa a punto de secarse, el plan de salud de Obama, los videos de JLo, el libreto de cine que espera por un productor, el episodio de Grey’s Anatomy que no logré ver la noche anterior y los tres capítulos que faltan por leer del libro, cuyo título se me escapa, de Arturo Pérez Reverte.

Salgo disparada a escribir las recomendaciones en un cuaderno, que llevo siempre escondido en el automóvil, para no olvidar detalle alguno. No es hasta tres días más tarde que encuentro al escurridizo cuaderno y me acuerdo que debo discutir las recomendaciones con el estudiante.

Esa noche volvemos a la tarea de leer un capítulo de su libro de biología y tengo que leer el párrafo tres veces y tomar apuntes antes de poder contestar la pregunta de mi querido estudiante sobre la célula vegetal. En el ínterin, me levanto tres a cuatro veces, no me acuerdo el número exacto, a ir al baño, tomar agua, y verificar si la secadora de ropa terminó su ciclo. Acertada decisión, sepa usted, pues había olvidado prenderla.

Dirijo mi atención a las matemáticas y me vuelvo a preguntar, 30 años después, por qué tiene que ser X, Y, no B ó C, y por qué rayos hay que aprenderse tantas fórmulas en esta era de la tecnología. Le digo al estudiante, que sigue cantando, no se queda quieto, ha cambiado el lápiz cinco veces, ido a tomar agua tres veces, que corra y pregunte a su padre si distancia es igual a velocidad por tiempo, o a velocidad por milla. Juro es lo mismo pero el estudiante no confía en mi criterio. Por si las moscas, y los mosquitos de dengue, decide cerciorarse con su padre ingeniero si estoy correctamente calculando el área y el perímetro.

Al estudiar historia, no pasan dos segundos antes de que esta servidora olvide el dichoso nombre del primer esclavo libre que llegó a Puerto Rico. Decidimos asociarlo con algo conocido y concluimos en conjunto que Juan de Garrido es su pariente que, agarrado de un nido, le gustaba buscar esclavos en España. Gozamos de lo lindo y nos reímos asignando descubrimientos, hallazgos, nombres de plantas y pueblos a familiares, amigos para que la botella no se nos vacíe a los dos en dos segundos.

Con las fechas, nos hemos dado por vencidos y concluimos que no serán muchos los puntos que pierda si da la mala pata que el examen no es uno con pareo o seleccionar la mejor contestación.

El estudiante va a dormir satisfecho de que va preparado para su próximo día. Yo, exhausta, preocupada, algunas veces angustiada, inhalo, exhalo, y vuelvo a repetirme la machaca: Soy un ser humano feliz, rodeado de docenas de seres queridos, una mujer profesional exitosa, buena amiga, generosa, sociable, compasiva, una apasionada artesana de la palabra, a pesar de nunca aprender la fórmula de velocidad, lo que representan la X, la Y, a pesar de mis viajes espaciales en el salón de clases y las notas académicas que palidecían al lado de las de mis brillantes y afanosos parientes. Después de todo, la impulsividad, la capacidad de trasmutar pensamientos a las millas y la eterna inquietud abrieron las puertas a cientos de inolvidables experiencias como estudiante becada en prestigiosas universidades estadounidenses, mochilera, voluntaria en un país extranjero, periodista, editora, escritora, guionista, columnista, madre, esposa, amiga, embelequera, un legado que no cambiaría por la definición de X ó la de Y.

Reencarnación

Acumulo millas a tutiplén para al reencarnar, el Creador y-o los discípulos de Darwin, me bendigan con una tez oscura, el pelo rizo y una estatura de no más de 5 pies con 4 pulgadas. (Si sobran las millas para genes que garanticen mantener el peso que tuve a mis 26 años por los próximos 80, no me quejo).

Esto de ser una caribeña alta, cuasi rubia natural, no de paquete, y con la tez de Blanca Nieves, puede ser un suplicio de proporciones épicas. En la panadería donde de vez en cuando paro a tomar un café, los empleados me reciben con un “licenciada”, sin imaginarse que dejé los estudios para convertirme en abogada a los dos meses y que, con mucho orgullo, soy una escritora parcialmente subsidiada por su medio mangó.

Lo peor de cargar esta responsabilidad patriótica se manifiesta cuando estoy parada frente a un semáforo y caen encima los mendigos, los vendedores callejeros, y las chicas bonitas, siempre flaquitas y con pantalones cortitos, que recaudan dinero para su clase graduanda o equipos deportivos. La resolución tomada hace unos años de no dar dinero a los mendigos, y canalizar los donativos a entidades que le proveen servicios, a menudo se tambalea al ser objeto de miradas de odio y de repudio. Hasta me han escupido y uno reprochó que le comprara una hamburguesa cuando me dijo que tenía hambre en la ventanilla de un servicarro. Todo por que asumen que, por ser blanquita, el dinero crece a borbotones en nuestros árboles de mangó y guayaba. (Ni pensar cómo se agravaría la saeta de insultos si se enteraran del apellido anglosajón).

Esos mismos que se alejan de mi carro destilando odio y rencor echan la bendición a conductores frente a mí, al volante de carros más lujosos y relucientes que el mío de seis años, sin ofrendarles esa mirada de odio, rencor, que atenta mi humanidad. Por ser trigueños, hasta los bendicen aun cuando algunos los ignoran, le sacan el dedo del medio o se niegan a darle la limosna.

Por esta pinta de gringa, he optado por usar nuevas rutas y a veces hasta acelerar el carro en plena luz amarilla para que mi humanidad y puertorriqueñidad no vacilen al enfrentarme a sus reacciones. A más de uno he sorprendido hablándole en español, con el acento sazonado con culantro, malanga, mofongo, ají dulce, y con una canción de Daniel Santos, Calle 13 o una salsa, de la gorda, retumbando las cuatro paredes de mi carro. Explico con dulzura, compasión, por qué no le doy la peseta pero sí le compro plátanos, berenjenas, naranjas, aguacates y periódicos al vendedor ambulante. El discurso se pierde dentro de sus rencorosas pupilas que no perdonan el que esta boricua, criada a fuerza de guineo, plátano, morcilla y café cortadito, salió sin la mancha de plátano.

En círculos profesionales y hasta en algunas oficinas, me han cambiando el nombre a Mary, y debo aguantarme las ganas de responder si a ellos les dicen Christine, Joe, Bill o Henry. Lo más retador resulta ser cuando me hablan en inglés y muchas veces el esfuerzo y la alegría de poder practicar el difícil es tan grande y sobre cogedor que termino balbuceando en inglés, soltando por segundos mi identidad caribeña, olvidándome de mis raíces sepultadas en la calle Diez de Andino de Santurce y la cuarta extensión de Country Club.

A través de los años han sido muchas las anécdotas que la confusión desata. Hace casi 30 años, a medianoche tratando de regresar con dos amigos de Canadá a los Estados Unidos, un oficial de inmigración me hizo la vida imposible al cuestionar que fuera boricua por mi fuerte acento al hablar en inglés. (Cometí el grave error de, por venir de Quebec, querer practicar el francés con él y no llevar conmigo ni el certificado de nacimiento ni el pasaporte). No fue sino hasta que apareció un oficial familiarizado con la cultura puertorriqueña que me soltaron luego de someterme a la humillación de preguntarme lo que es un tostón, yautía, alcapurria, y que mencionará tres pueblos de la isla.

Hace más de 20 años, en un ascensor de un edificio residencial multi-pisos en el Lower East Side de la Ciudad de Nueva York, un joven hispano, que sospecho estaba drogado por sus pupilas rojas y las manos temblorosas dentro de sus bolsillos, me miraba intensamente al igual que a mi bolso. Advertida por colegas de la agencia gubernamental con lo que trabajaba sobre varios incidentes peligrosos dentro de esos lentos ascensores, armándome de valor lo miré y golpeando la puerta del agonizante ascensor, solté una retahíla de insultos que incluían, por supuesto, la palabra de cuatro letras que rima con toño, la de seis que es prima de peseta, y un mano, brother, chico, caray, ay bendito y, por supuesto, la madre que lo parió. Extrañado, el joven me miró, balbuceó unas palabras en español y prontamente salió del ascensor. Aliviada, y culpable de no darle el beneficio de la duda a quien bien pudiera haber sido un inofensivo pero nervioso compatriota, volví a elevar mi plegaria de que, por favor, please, se vous plais, bitte, tíñanme aunque sea un poquito durante mi próxima existencia.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Arte

Cada día, a las 8 de la noche, da comienzo la magistral lección cultural.

Los domingos usualmente versa sobre temas culinarios y me embeleso frente a la pantalla del televisor viendo a los chefs, a los aspirantes a chefs, o a diestros amos y amas de casa, crear e inventar sabores que deleiten nuestro insaciable paladar.

La atención de los miércoles va dirigida al canal televiso que se especializa en programas de decoración hogareña. Mi admiración no tiene límite al ser testigo de su versatilidad en el uso de colores, la selección de artefactos y muebles y la mezcla de textiles para hacer revivir el dormitorio o el cuarto de baño. Uno que otro día sucumbo a las lecciones de confección de moda y admiro cómo dos yardas de tela se convierten en un hermoso ajuar.

Justo en el momento en que mi sublimidad se eleva a niveles tóxicos jamás nunca vistos, la súbita entrada de mi medio mangó a la habitación corta de sopetón los ¡qué maravilla!, ¡magistral!, ¡increíble! al lanzar la punzante y desgarradora pregunta: ¿Cuándo vas a comenzar a preparar alguno de esos platos, decorar la casa o vestirte con algo que no sean los gastados jeans?
La delicada burbuja explota y estrello a la realidad cotidiana de que el medio mangó aun no entiende que el cocinar, decorar y diseñar son manifestaciones artísticas dignas de mi humilde pero apasionada crítica.

Al comienzo de mi inesperada y desconcertante (para más de uno) adicción por este tipo de emisión televisiva, el medio mangó se ilusionó con la posibilidad de que por fin dejaría de comer todos los días una de cinco alternativas- arroz con habichuelas, burritos, carne o pollo al horno, papa asada y ensalada. No entiende que aunque la mayor parte de la población sintoniza esos programas culinarios para aprender o perfeccionar nuevos platos, esta servidora rinde tributo a la esencia intelectual al verlos por puro placer artístico. Ver a Emeril, la Contessa, Rachel, Giovanna o Tía Florita cortar con sutileza el filete miñón, agarrar una cebolla como si fuera un delicado huevo Fabergé y saborear el aroma del ajo en mantequilla con igual exquisitez que a un recién cortado bouquet de jazmines, es igual a pararme frente a una pintura de Monet, escuchar una composición de Manuel Alejandro, leer un poema de Gabriela Mistral o ver una obra dramática de David Mamet.

Pero, no, hombre al fin, el medio mangó espera que estas manos prosistas atienten contra el talento y el buen nombre de esos grandes próceres de la cocina al intentar emular una de sus magistrales recetas.

Lo mismo pasa con los programas televisivos donde remodelan casas, resuelven desastres decorativos o enseñan el ABC de la decoración. A pesar de los años que las babazas cuelgan de mi boca deleitándome con sus lecciones, nuestro hogar continua igual de ecléctico gracias a la infalible combinación de muebles de segunda mano, objetos coleccionados de diversos viajes y las irresistibles gangas rajatablas de las tiendas de nuestro país.

Son pocas las veces que mi alma se descuartiza ante el reclamo del medio mangó pues ya se dio por vencido. Cuando se le olvida, inhalo, exhalo, como fiel y digna mujer new age, y nuevamente suelto la cantaleta de que la decoración, el diseño y la confección culinaria son manifestaciones artísticas y que, si me encuentra un día viendo un programa sobre arte surrealista, jamás se le ocurriría que me dedicara a pintar. Yo tampoco espero que boxee como Pacquiao, juegue balompié como Cristiano Ronaldo o cante como Vicente Fernández o Héctor Lavoe cuando se sienta a rendirles pleitesía.
¿Por qué entonces esperar algo diferente de su medio mangó?