lunes, 30 de noviembre de 2009

Confesión

Hace tres años, mi buena amiga Alicia me paró una mañana en medio del tortuoso trajín de dejar a los chicos en la escuela y preguntó algo insólito e inesperado: “¿Quién rayos es Rosángela?”

Hubiese deseado haber consumido la segunda taza de café del día antes de contestar el tostón de pregunta que por venir de Alicia iba acentuado con una buena dosis de mondongo maturnino. Asustada y compungida, pero decidida a salir finalmente del infame y hermético armario con o sin la segunda cuota de cafeína, confesé que Rosángela es una talentosa cantante boricua-dominicana que participaba ese año en el programa Latin American Idol que se filmaba en Argentina.

Sus ojos subidamente desorbitados eran testimonio concluyente de la incredulidad de la buena amiga quien había asumido que los inusuales pero persistentes mensajes de texto en su celular eran de carácter místico, un códice espiritual en clave de su muy erudita amiga. Tragando fuerte y evocando una visualización de una impía persignación cuasi perfecta, aclaré que jamás, óigalo bien, jamás había sucumbido a la banalidad del texteo hasta convertirme en fanática de este tipo de competencia de canto donde descuella nuestro talento latinoamericano. En lo que dominé el dichoso aparato, Alicia, por ser la primera en mi directorio telefónico, tuvo que aguantar estoicamente las múltiples pero no menos apasionadas equivocaciones al tratar de enviar mi voto. Esa puede ser la razón por la que la infortunada pero talentosa Rosángela no pasó más allá de ser tercera finalista.

Por dicha y por mi esmerado empeño, Alicia no se enteró de mis votos por Marlon, Juan, Iván, Cristina, Samuel y, más recientemente, Fabián, quien se convirtió en mi candidato favorito en Objetivo Fama cuando cantó de tú a tú una salsa con Jerry Rivera, y con su guitarra interpretó a capela “Boricua en la luna”. Eso sí, Alicia tuvo sospechas un sábado cuando insinué solapada, pero insistentemente, que todos sin excepción alguna, debían retirarse de nuestro hogar antes de las 8:30 p.m.

Alicia respira aliviada pues las veladas no terminarán tan temprano de ahora en adelante; ha concluido la saga anual de este programa al cual mi familia se volvió adicta por accidente y necesidad mental. Los sábados en la noche solo tenemos dos opciones televisivas y hasta hace unos meses una de ellas era el canal que transmitía este concurso.

Olvídense del triste hecho de que los ganadores terminen cantando en el patio de comidas de un centro comercial o amenizando pulgueros, y no logren vender millones de discos, firmar con Sony o salir en la lista de los 1,000 Latinoamericanos más destacados de People en Español. La magia de este tipo de programa estriba en lograr mantenernos pegados oyendo éxitos latinoamericanos de la vieja ola como José José y Rocío Durcal, o de la nueva, como Alejandro Sanz y La Quinta Estación, en voces noveles y prometedoras.

Difícil tarea será recrear el furor que causa este tipo de competencia en nuestros municipios donde se olvidan por unas horas los miles de problemas que nos agobian, las pasiones políticas, las diferencias en credos, y el siempre desconcertante número de asesinatos de esa semana. Igual de arduo será repetir el encanto de ver a nuestros hijos compartir esas dos horas de musicalidad latinoamericana aunque nunca lo admitan públicamente… y su madre se sonroje al admitir que sus noches sabatinas ya no serán igual.

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