lunes, 30 de noviembre de 2009

Día nacional de los piojos

Con el comienzo de un nuevo ciclo escolar, propongo declarar al piojo un prócer puertorriqueño y honrarlo con la designación del Día Nacional del Piojo.

La médula de esta propuesta es que el piojo es el único boricua capaz de unir a las familias de todos los credos, clases socioeconómicas, razas y afiliaciones políticas. A la hora de atacar los matojos de pelos, éste no discrimina e igual se anida en uno en San Juan que en uno en Peñuelas. Aterriza tanto en el pelo bueno, el liso a fuerza de secador, el pelo muerto que no se mueve ni con un huracán, y entre los recios rizos que abundan en nuestra noble patria.

Confieso que la primera vez que el aviso escolar de epidémica colectiva llegó a nuestro hogar hice caso omiso sencillamente porque el pediatra nunca ha esgrimido la palabra pediculosis en sus siempre acertados diagnósticos. Cuando descubrí que el sofisticado pero decoroso término es la enfermedad causada por los piojos, revisé las cabezas y concluí aliviada que los puntos blancos no eran piojos ni liendres sino el dichoso polvo del Sahara, residuos del estucado del techo o un incipiente e inofensivo ataque de caspa. Hasta que el restriego cabelludo perdió todo su pudor y se tornó tan violento que emergí a pasos galopados de la densa nube del Sahara para hacer viajes clandestinos a comprar los insecticidas. Rompí el juramento de consumidora sabia al seleccionar el empaque más vistoso y con el mayor número de sinónimos para asesino.

Algún intrépido economista debe hacer un cálculo de la pérdida a nuestro producto interno bruto que conlleva las largas horas invertidas en la revisión minuciosa de cada hebra y en la preocupación cada vez que alguien alza un dedo, una mano, o hasta el inofensivo dedo gordo del pie, para tocarse la cabeza. Ni hablar de las amistades tronchadas, el dinero invertido en químicos o en los tratamientos sicológicos a los niños identificados como las fuentes de la plaga.

El acto de rascarse y otear tenazmente las cabezas para detectar los insaciables acróbatas de pura cepa desnuda impunemente nuestro origen animal. Si el presupuesto no estira para un nuevo feriado, legislemos, pues, un periodo diario para que, cogidos de las manos y reafirmando nuestra fe en el poder de la unión patriótica, nos exploremos sin despecho las cabezas. Una de las imágenes más conmovedoras (al menos a mí me hace llorar) es ver a un mono en el zoológico removiendo uno a uno las impúdicas pulgas de su compañero.

Imagínese el ejemplo de verdadera camaradería en tiempos recesivos que darían nuestros políticos, artistas y el clero si aparecieran en una conferencia de prensa el Día Nacional del Piojo sondeándose las cabezas. ¡Que vivan los piojos!

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