lunes, 30 de noviembre de 2009

Disfuncional

Un siniestro martes la chica de la casa no me habló al subirse al carro tras su día escolar. Siempre elocuente y cariñosa, esta vez no solo me negó el beso sino que ni siquiera me dirigió la mirada en el trayecto. Pasé 20 minutos volviéndome a preguntar qué rayos hacía una mujer, capaz de sacarles información a altos ejecutivos, rompiéndose la cabeza para excavar la razón por el inesperado trato cruel a un honroso miembro de la segunda edad.

Horas más tarde, luego de amenazar con usar sus ahorros en la alcancía para contratar a un abogado y demandarla por angustia emocional, la chica confesó estar furiosa porque, al encontrarnos por casualidad esa mañana en la escuela, me despedí en pleno pasillo con un te amo. (Ella alega que grité te amo pero hay testigos que aseguran que no fue un grito sino un amoroso aullido maternal).

Respiré aliviada pues mi falta no fue más seria que un simple te amo hasta que explicó que no solo la abochorné sino que arruiné su reputación. Me hizo jurar que jamás volvería a vociferar frente a sus compañeras esa frase, que nos ha unido desde que era bebé y que es nuestra mantra familiar. (Es un alivio saber que los besos y los abrazos aun no demuelen reputaciones.)

Madre comprensiva al fin, y mujer sabia que a diario toma pasos para protegerse de demandas por desazones emocionales en años venideros, añadí su pedido a la lista que cada año, mientras los chicos se adentran a la adolescencia, se alarga. Al chico, por ejemplo, no lo puedo recibir en la tarde con el habitual cómo está el bello de mami hasta que cierre la puerta del vehículo y se cerciore que las ventanas estén herméticamente cerradas. (Nuestros intentos de conseguir un aparato que mida las palabras maternales embarazosas que se filtran por la ranura de la ventana han sido infructuosos). El beso de saludo está racionado a la mañana y ni se me puede ocurrir pedirle uno en la tarde a menos que estemos a 20 millas de la escuela y transitando a más de 60 millas por hora. Si le hablo, no oigo contestación alguna del chico súper cool y a la onda que no habla con adultos hasta que crucemos los dos semáforos y estemos en territorio crepuscular. Didudidu, didudidu.

A la hora de recogerlos y dejarlos, en la estación de radio sintonizada se tiene que escuchar alguien gritando, berreando o bramando, en inglés o en español, mientras se oye un escándalo metálico que no deja entender ni pío. Se certifica la chica que no haya equivocación alguna, a 20 pies de la entrada de su escuela, cuando debemos dejar de reírnos con las ocurrencias de un comediante local. Al sintonizar la otra estación radial, a la cuenta de tres ponemos caras de familia disfuncional que no se habla, todo le importa un bledo, no se dice te amo, y es súper pero que súper cool al ignorarse y estoicamente tolerar el ametrallado concierto.

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