lunes, 30 de noviembre de 2009

El arte de parir

Algún filosofo, asumo hombre, expuso alguna vez que parir es un arte. Si el locuaz intelectual está en lo correcto, a mí me deben conferir no solo el premio Príncipe de Asturias sino el del Emperador de Asturias, el Nobel, el Oscar y el Goya pues mis dos experiencias han sido elocuentes obras de arte.

La evidencia de mis dotes artísticos en eso de declamar e improvisar mientras se pare no tardó mucho en evidenciarse. Al día siguiente de parir con orgullo y amor al primogénito, mi madre llegó a mi cuarto y me dijo, susurrando y en tono cómplice, que esta servidora era la comidilla en el piso de maternidad. Hubiese deseado no escuchar más pero, madre mía al fin, no pudo reprimir el deseo de terminar el relato que ya me hacía discurrir cama abajo, debajo de las pesadas cobijas. Resulta que al asomarse por la ventana del cuarto donde estaban los recién paridos, una mujer, de seguro depresiva y con muy baja auto estima, murmuraba a la que estaba al lado que la mamá del bello varoncito que estaba justo al frente, de apellido Hernández, se había quedado con el piso la noche anterior con su colorido repertorio de palabras impublicables y alaridos desesperados sazonados con una retahíla de maldiciones.

Al escuchar el relato, lo primero que me vino a la mente fue una imagen a todo color y digital de la madre que parió a la depresiva pero no menos charlatana mujer. Lo segundo fue esgrimir el trillado argumento de que vivimos en una democracia y desconocer que a la hora de parir pudiera aplicar la censura. Lo cierto es que aun preparo la demanda civil al hombre, no me cabe duda que es un hombre, que dijo que hay tal cosa como parto sin dolor. O estaba fumaó, como diría el primogénito, o pensó que no haría mucho dinero si dijera que eran ejercicios para hacerte creer que no hay tal cosa como dolor cuando tu inflado, desfigurado e hinchado cuerpo trata de expulsar un mocoso y húmedo bulto de 7 libras.

Tuve la premonición de que las cosas no irían tan bien durante la primera clase de parto sin dolor cuando mi medio mangó se acomodó la reglamentaria almohada detrás de su espalda. Su gesto no me sorprendió hasta ver las caras asombradas de las otras parejas. En efecto, todos los compañeros acomodaban la almohada detrás de la abultada y cansada espalda de sus compañeras. Por si las dudas, no perdí tiempo en aclarar que la que paría era yo, no mi medio mangó que para entonces tenía cara de naranja criolla exprimida después de la Gran Depresión del 1929.

No voy a entrar en detalles de lo que sucedió en la sala de partos. La estoica resolución de parir sin anestesia duró apenas tres contracciones del tamaño de los cráteres de Júpiter. El hospital al parecer sospechó que en esa sala una pecadora de grandes ligas iba a parir no solo una cría sino una avalancha de improperios pues me asignaron a parir justo al frente de un gigante crucifijo con el correspondiente atribulado Jesucristo. (En verdad que era como de 2 pies pero con cada contracción juro que aumentaba en tamaño).

Luego de proferir la irremplazable palabra soez de seis letras que rima con peseta, me volteé a ver a la obstetra a preguntarle a quién (tápense los oídos, por favor) carajo se le ocurría poner a una mujer a parir frente a un crucifijo. Ofendida, la buena mujer se persignó, me miró y con severidad dijo: “ése, ése que está ahí, sufrió más que tú”.

Fue la segunda vez, y no la última, que la palabra de seis letras que rima con peseta salió disparada de mis labios, a un decibel jamás antes escuchado dentro de esas cuatro santas paredes. Miré fijamente a la obstetra y le grité, a pulmón y a riesgo de terminar en el infierno sin un riñón, que estaba en desacuerdo pues, aunque hubiese salvado al mundo, él jamás, jamás, jamás había parido.

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