lunes, 30 de noviembre de 2009

El oficial

En el salón aeroportuario el eficiente oficial y yo escudriñamos el uno al otro. Mi silencio no arruina el ahínco con el que rezo, imploro y suplico que el distinguido caballero no me haga el pedido que pudiera arruinar mi reputación de mujer profesional, dama y madre. El oficial me mira y sospecha que algo me traigo entre manos. Trato de hacerme la desapercibida pero es imposible pues en apenas dos turnos debo pasar por el penoso proceso al que acaban de someter a los despreocupados seres humanos frente a mí. Las moléculas de sudor que gotean de mi frente y del sobaco derecho, me acuerdo que fue el derecho por cosas que no vienen al caso, no ayudan en la encomienda de mantener la calma, la cordura.

Debo aclarar un punto importante. El suceso que está a punto de acontecer es penoso para los que me rodean, no para mí pues hace tiempo tomé la decisión y vivo feliz con ella. Pero de vez en cuando, y de cuando en vez, mi fallo se pone a prueba y hurgo nuevamente en lo más intimo de mi ser para buscar la respuesta a la interrogante si la decisión que una vez pareciera tan acertada es efectivamente correcta.

Juro que el ceño del oficial se estruja más de lo usual, y pudiera muy bien hacer uso de un poco de almidón para quitarse unos cuantos años. Opto por no sugerírselo, y relajo lo más posible mi ceño, algo cada vez más retador al avecinarse mi medio siglo. El movimiento parece forzado, fingido y el oficial se acerca un poco más y me mira.

Señalando al recipiente gris vacio, la mirada del oficial no puede ser más clara que el cantar de un gallo. Le pregunto con la mirada si está seguro y no responde. Las cuerdas vocales se aflojan y le susurro al oído si está seguro que prosiga con lo que establece el reglamento. Sonríe mientras vocifera, para beneficio de todos: No tenga pena, estamos acostumbrados.

Debí preguntar a qué nivel de costumbre se refería al ver la cara de espanto y la nariz encrespada tan pronto me quité el primer zapato negro y lo puse dentro del recipiente. Mientras su cara se torna púrpura, inhala mientras yo exhalo aliviada pues el olor aun no ha activado la alarma anti-terrorista. Sus elegantes fosas nasales, al igual que la de otros pasajeros que sin pudor debaten sus miradas entre mis sudorosos y malolientes pies y los estoicos zapatos negros, se retuercen sin misericordia mientras tiro el zapato izquierdo dentro del envase gris y, corriendo, paso como un celaje por el detector de metales para poder ir al rescate de los zapatos. Rescate pues lamento informar que han sido varias las veces que han querido botarlos, sin considerar siquiera la opción de reciclar para el beneficio de nuestro bendito planeta, luego de que los canes-busca-drogas los someten al indecoroso husmeo sin poder detectar qué rayos esconden los mocasines negros para emanar un olor tan enérgico y lleno de personalidad.

Lista para disparar el discurso del amor por mis zapatos, me decepciono cuando los empleados no hacen gesto alguno para entregarme los zapatos aunque si me ayudan acomodar la computadora portátil en su maletín.

¿Cómo explicar el affaire con el par de zapatos negros que no me ha abandonado un solo día en tres años? ¿Cómo explicar que llevo tres pares más en la maleta con posibilidad mínima de uso en mis dos semanas de viaje por trabajo?

Hace dos semanas, el limpiabotas en Guatemala no podía entender por qué preferí darle dinero sin obtener el servicio de lustrar mis sucios mocasines negros. El temor de una acusación por maltrato infantil en suelo extranjero era muy fuerte. En el avión de regreso a mi bella isla desde Panamá, el pasajero a mi lado seguro no entendía por qué rayos esta servidora insistía en arrastrar el pie derecho para al frente y para atrás por casi tres horas. Preferí que me achacara un severo desajuste mental antes de quitarme mi gastado, pero amado zapato, para rascarme el perfumado dedo gordo del pie.

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