lunes, 30 de noviembre de 2009

Gafas de sol

Mi gente, espero que estén bien sentaditos y agarraditos cuando lean la próxima declaración – he tenido enchules con Wisín y Yandel, Tego, Don Omar y con otros reguetoneros cuyos nombres se me escapan.

Antes de que sus dilatadas y ofendidas pupilas se desvíen con bochorno ajeno de este pasaje, hago la salvedad de que el crush se evapora, con igual celeridad que las gotas de agua oxigenada en una supurante herida, cuando cometen el terrible e imperdonable error de quitarse las gafas de sol.

No importa lo sexista, profana o chabacana de sus canciones, y cómo hieran mi inalterable fibra feminista, el solo hecho de exhibir unas imponentes gafas de sol retiene mi atención el tiempo suficiente para que de mi boca se despeñen las primeras babas. El hechizo dura hasta que se le desplazan los lentes de sol, develando sus reveladoras miradas.

Los oscuros e impenetrables lentes surten la misma magia cuando veo a un policía, un fumigador, un boxeador, una foto de Jackie O, a Olga Tañón, a un amigo o a un asesino en serie.

Lo cierto es que, estén de acuerdo o no, nadie duda que los ojos son el espejo empotrado de nuestra lóbrega alma. El ocultarlos, opacarlos o protegerlos reviste con un hipnotizante velo de misterio y esperanza a su portador, y esa curiosidad es clave para mantener la atención.

A mí las gafas de sol me acompañan día y noche y mi obsesión llega a tal extremo que guardo un par extra en el carro de mi medio mangó. En la mañana las bienhechoras gríngolas cumplen el cometido de encubrir el débil efecto del sorbo de café que discurre por mis intestinos, lo suficientemente potente para poder echar ropa cuasi decente sobre mi herrumbroso cuerpo, preparar desayuno y salir a batallar el tráfico mañanero. Las gafas ejecutan de forma magistral su función de ocultar la asesina mirada al conductor que no me da paso, al que no se percata que apenas tengo 3 minutos antes que toque el infernal timbre y encubrir que dormí tres horas la noche anterior. Aunque vista una gastada sudadera de ejercicio, los honrosos anteojos oscuros alimentan la imagen de una profesional exitosa y madre perfecta, y ocultan el que, al regreso al hogar-oficina, espera un fregadero atestado de platos, dos reportajes sin terminar, tres tandas de ropa para lavar, una perra que aun no aprende que el sofá donde le gusta defecar le queda un año para su saldo y a la iracunda madre que logró levantar al chico adolescente, cinco minutos antes de partir, a grito pelado y repitiendo desquiciadamente, pero con inamovible firmeza, la palabra soez de seis letras.

Por la tarde, las gafas no solo ocultan el cansancio mental detonado por el desplazo incesante entre tareas familiares y profesionales, sino el hastío de uno que otro día cotidiano. Con sus anchos lentes, estiran el peso al no tener que embarrutar de maquillaje una mitad de la cara.

A más de un gobernador, presidente, legislador y primer ministro he visto arrugando los ojos ante el implacable sol sin recurrir al auxilio de los lentes polarizados. Ahí estriba la razón principal por la cual, a pocos meses de ser electos, comienza a declinar su popularidad. Quizá puedan aprender de sus compueblanos músicos y deportistas, y de esta humilde escritora, y usar gafas cada vez que hagan campaña o se dirijan al pueblo. Albergo la esperanza de que, por unos preciados segundos, en lo que las gafas inevitablemente se salgan de sitio, nos devuelvan la esperanza.

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