lunes, 30 de noviembre de 2009

Recesión

Durante tiempos recesivos impera la prudencia en los gastos y los estilos de vida. Aun sin perder sus empleos, son muchas las familias que han hecho serios ajustes para capear el impacto que causa la siempre letal combinación de inflación y aprensión.

Nuestra familia no ha sido la excepción. La diferencia ha sido el toque humorístico con que hemos recibido los embates que nos plantea esta nueva realidad económica.

A manera de ejemplo cito a las goteras, el eterno problema en nuestros países tropicales. Esgrimiendo nuestro lema familiar de enfocarnos en lo positivo, no importa su catastrófico grado, damos pecho al constante y acuoso bombardeo pavoneándonos de que en nuestro hogar hay un ingenioso sistema interior de riego. En aras de sustentar nuestro argumento hemos movido todas las plantas hacia los cuartos donde las incesantes gotas de lluvia buscan con su singular e insaciable apetencia dónde aterrizar. Cuando el rostro de nuestra amada hija amanece empapado, y momentáneamente olvida el mantra familiar, solo basta hacerle la siguiente pregunta para que sienta orgullo y alivio: ¿Cuál de tus amigas, primas y vecinas amanece con el rostro hidratado en las mañanas?

En el caso de los zapatos del chico, la decisión de usar el término anglosajón cross ventilation para describir nuestro nuevo invento fue fácil. Lo arduo fue persuadir al adolescente, cuyos pies se estiran al mismo ritmo que nuestro déficit presupuestario gubernamental, el deber patriótico de extender por varios meses más la vida útil de sus zapatos escolares. La persistencia, y la machaca diaria de la ventaja de ser el único en su clase de tener ventilación cruzada a sus pies, surtieron efecto y ya exhibe feliz esta nueva tecnología. Eso sí, de vez en cuando tiene que aclarar que el otrora calcetín blanco a punto de deshilacharse, que se asoma sin recato alguno por la ventanilla de ventilación amigable a nuestro medio ambiente, apenas tiene seis años, cinco remiendos y 654 lavadas.



La mochila reciclada cuyas dos cremalleras principales se rehúsan a cumplir su cometido de mantener los contenidos adentro es otra fuente de inspiración familiar. Los gigantescos imperdibles, que una vez sostuvieron el correspondiente contenido dentro de los pañales de telas, están gozosos de tener una nueva oportunidad.

La avería del pesado portón principal de la casa conllevó tener que abrirlo manualmente por seis meses pero permitió cancelar la membrecía al gimnasio donde levantábamos pesas. (Hay un vecino que alega que, al igual que la corredora sudafricana, la que escribe es hermafrodita después de verla empujar el portón al menos seis veces al día con inusual destreza y energía).

Una imparable fuente de orgullo se convirtió el defectuoso desagüe sanitario por lo novedoso de tener el abono natural cerca de nuestro hogar para facilitar el riego y abono de las plantas. (Nuestro culantro es el mejor de la comunidad). La chica de la familia explica con orgullo a sus amigas que las dos ventanas rotas son las salidas de emergencia tan necesarias en nuestros hogares hoy en día, mientras que el chillido de la gastada y raída polea de mi carro es un recordatorio de mantener siempre una velocidad prudente. En cuanto a los destartalados pero aun útiles gabinetes de cocina, solo basta preguntar a nuestros hijos que citen a uno, solo uno, de sus amigos cuyo hogar ostente la distinción de proteger de la amenaza de extinción a tres folklóricos nidos de comején.

No somos una familia perfecta, por supuesto y, a pesar de nuestro fervor por el reciclaje, tras varios intentos hemos desistido de rehusar el hilo dental, los palillos de dientes y los huesos del perro.

Ahora le reto a usted, querido lector, a que me cuente cómo le ha dado la vuelta a sus retos económicos.

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