lunes, 30 de noviembre de 2009

Reencarnación

Acumulo millas a tutiplén para al reencarnar, el Creador y-o los discípulos de Darwin, me bendigan con una tez oscura, el pelo rizo y una estatura de no más de 5 pies con 4 pulgadas. (Si sobran las millas para genes que garanticen mantener el peso que tuve a mis 26 años por los próximos 80, no me quejo).

Esto de ser una caribeña alta, cuasi rubia natural, no de paquete, y con la tez de Blanca Nieves, puede ser un suplicio de proporciones épicas. En la panadería donde de vez en cuando paro a tomar un café, los empleados me reciben con un “licenciada”, sin imaginarse que dejé los estudios para convertirme en abogada a los dos meses y que, con mucho orgullo, soy una escritora parcialmente subsidiada por su medio mangó.

Lo peor de cargar esta responsabilidad patriótica se manifiesta cuando estoy parada frente a un semáforo y caen encima los mendigos, los vendedores callejeros, y las chicas bonitas, siempre flaquitas y con pantalones cortitos, que recaudan dinero para su clase graduanda o equipos deportivos. La resolución tomada hace unos años de no dar dinero a los mendigos, y canalizar los donativos a entidades que le proveen servicios, a menudo se tambalea al ser objeto de miradas de odio y de repudio. Hasta me han escupido y uno reprochó que le comprara una hamburguesa cuando me dijo que tenía hambre en la ventanilla de un servicarro. Todo por que asumen que, por ser blanquita, el dinero crece a borbotones en nuestros árboles de mangó y guayaba. (Ni pensar cómo se agravaría la saeta de insultos si se enteraran del apellido anglosajón).

Esos mismos que se alejan de mi carro destilando odio y rencor echan la bendición a conductores frente a mí, al volante de carros más lujosos y relucientes que el mío de seis años, sin ofrendarles esa mirada de odio, rencor, que atenta mi humanidad. Por ser trigueños, hasta los bendicen aun cuando algunos los ignoran, le sacan el dedo del medio o se niegan a darle la limosna.

Por esta pinta de gringa, he optado por usar nuevas rutas y a veces hasta acelerar el carro en plena luz amarilla para que mi humanidad y puertorriqueñidad no vacilen al enfrentarme a sus reacciones. A más de uno he sorprendido hablándole en español, con el acento sazonado con culantro, malanga, mofongo, ají dulce, y con una canción de Daniel Santos, Calle 13 o una salsa, de la gorda, retumbando las cuatro paredes de mi carro. Explico con dulzura, compasión, por qué no le doy la peseta pero sí le compro plátanos, berenjenas, naranjas, aguacates y periódicos al vendedor ambulante. El discurso se pierde dentro de sus rencorosas pupilas que no perdonan el que esta boricua, criada a fuerza de guineo, plátano, morcilla y café cortadito, salió sin la mancha de plátano.

En círculos profesionales y hasta en algunas oficinas, me han cambiando el nombre a Mary, y debo aguantarme las ganas de responder si a ellos les dicen Christine, Joe, Bill o Henry. Lo más retador resulta ser cuando me hablan en inglés y muchas veces el esfuerzo y la alegría de poder practicar el difícil es tan grande y sobre cogedor que termino balbuceando en inglés, soltando por segundos mi identidad caribeña, olvidándome de mis raíces sepultadas en la calle Diez de Andino de Santurce y la cuarta extensión de Country Club.

A través de los años han sido muchas las anécdotas que la confusión desata. Hace casi 30 años, a medianoche tratando de regresar con dos amigos de Canadá a los Estados Unidos, un oficial de inmigración me hizo la vida imposible al cuestionar que fuera boricua por mi fuerte acento al hablar en inglés. (Cometí el grave error de, por venir de Quebec, querer practicar el francés con él y no llevar conmigo ni el certificado de nacimiento ni el pasaporte). No fue sino hasta que apareció un oficial familiarizado con la cultura puertorriqueña que me soltaron luego de someterme a la humillación de preguntarme lo que es un tostón, yautía, alcapurria, y que mencionará tres pueblos de la isla.

Hace más de 20 años, en un ascensor de un edificio residencial multi-pisos en el Lower East Side de la Ciudad de Nueva York, un joven hispano, que sospecho estaba drogado por sus pupilas rojas y las manos temblorosas dentro de sus bolsillos, me miraba intensamente al igual que a mi bolso. Advertida por colegas de la agencia gubernamental con lo que trabajaba sobre varios incidentes peligrosos dentro de esos lentos ascensores, armándome de valor lo miré y golpeando la puerta del agonizante ascensor, solté una retahíla de insultos que incluían, por supuesto, la palabra de cuatro letras que rima con toño, la de seis que es prima de peseta, y un mano, brother, chico, caray, ay bendito y, por supuesto, la madre que lo parió. Extrañado, el joven me miró, balbuceó unas palabras en español y prontamente salió del ascensor. Aliviada, y culpable de no darle el beneficio de la duda a quien bien pudiera haber sido un inofensivo pero nervioso compatriota, volví a elevar mi plegaria de que, por favor, please, se vous plais, bitte, tíñanme aunque sea un poquito durante mi próxima existencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario