lunes, 30 de noviembre de 2009

Tecnología

Los avances tecnológicos son fantásticos pero, a mi entender, siempre humilde y llano, se quedan cortos.

Tome a manera de ejemplo el correo electrónico. Por poco infarto hace unos días cuando recibí en mi buzón cibernético un mensaje, de esos que las computadoras generan sin darle mucho casco al asunto y sin pensar en su impacto sicológico, anunciando la triste noticia de que una persona a la que le había enviado con mucha ilusión un mensaje lo había borrado sin leerlo.

Luego de controlar las precipitadas palpitaciones, y sacar a la perra de la oficina para asegurarme de no patearla por equivocación, comencé a cavilar. El infeliz y desventurado desgraciado, ¿al menos abrió el mensaje aunque no lo leyera? ¿A qué hora exacta le proporcionó el golpe mortal a la tecla de suprimir en su ordenador? ¿Había tomado café antes de darle a la tecla? ¿Sabía que el mensaje venía de mí? ¿Había tomado sus píldoras para la presión, la ansiedad y las vitaminas que le tocaban ese día? ¿Tenía fondos su cuenta bancaria ese día?

¿Por qué rayos quien inventó el sistema de rastreo para notificar si el mensaje fue leído o desechado no se esforzó un poco más para cerciorarse que estas dudas queden claras? El daño de no saber la razón pormenorizada de por qué mi mensaje terminó en el buzón de la basura es irreparable y ahora cada vez que me topo con el censor cibernético debo reprimir unos enormes deseos de devorarlo con la asesina mirada que se apodera de mi campo visual. Por si se asoma por el rabillo del ojo me aseguro ese día de usar las gafas de sol con el tinte más oscuro.

Igual pasa cuando encuentro una llamada perdida en mi teléfono celular. ¿Cómo se perdió en un país tan civilizado como el nuestro donde hasta proliferan mapas electrónicos? ¿Cuántas veces intentó llamar antes de darse por vencido y colgar? ¿Por qué no pudo dejar un mensaje en el buzón de voz?

Este tipo de evento genera crisis pues no hay protocolo alguno que nos dicte los pasos a seguir. Por ejemplo, ¿debo llamar al perdido y preguntar si necesita que lo ubique? ¿Envío un mensaje al sensor cibernético indagando por qué no leyó el mensaje en cadena, con el encabezado de Urgente en negro y mayúscula, que asegura se le cumplirá su deseo si lo reenvía con celeridad a 83 personas más durante los próximos 11 minutos?

La solución estriba, señores, en que no se permita usar este tipo de tecnología si no puede ceñirse al protocolo básico. Otro recurso a ponderar es legislación para proteger los derechos de los usuarios cibernéticos y se exija tecnología, aditamentos y medidas que nos permita quedarnos tranquilos al saber que nuestro mensaje, llamada o grito ha sido debidamente atendido.

¿Quién se une a mi propuesta?

No hay comentarios:

Publicar un comentario