jueves, 24 de diciembre de 2009

Vivencia

A diario miro a mi derredor y quedo impresionada con la vida perfecta de miembros de las generaciones nuevas que viven despreocupados, a sus anchas, como si el mundo girara frenéticamente en torno a ellos.


Uno que otro sorprende con la noticia de querer ser escritor. Lo felicito, por supuesto, pero silenciosamente y con ajena agonía sonrío. Sonrío, porque vivo convencida que a un escritor lo forja no tanto cuán diestro sea para escribir prosa sino la combinación de esta maña con un cúmulo de experiencias y vicisitudes que estampen su vida lo suficiente como para escribir sobre ella, o enajenarse con la creación de un mundo fantasioso.

A raíz de esta creencia arraigada, periódicamente me levanto con el indomable propósito de hacerle la vida imposible a los amados chicos de la casa para asegurarme que tengan algo por qué lamentarse en años venideros. La razón y la experiencia dictan lo importante que, no importa lo felices y exitosos que sean, terminen algún día postrados en un diván a analizar la psiquis de sus padres, divagar sobre su existencia y su porqué. O que simplemente usen los escarmientos para crecer, curtirse y convertirse en seres humanos complicados, diferentes, y no una copia aburrida y sin chispa al carbón del resto de su generación.

El día que arropo con una dosis de realidad a los chicos, podrían muy bien toparse con la cruda realidad de no encontrar ropa limpia en sus armarios, los panqueques del desayuno estén quemados, no queda champú, y el agua caliente del calentador solar se agotó.
Súmele a la lista el que ese día por capricho rehúse ceder al chico la cómoda silla reclinadora de la sala y servirle el vaso de agua. La chica tiene que pacientemente desenredar su pelo con una peinilla de púas de tres pulgadas pues no hay acondicionador de pelo. Los dos se levantan sulfurando por el calor pues el aire acondicionado fue racionado a solo seis horas la noche anterior. A la hora de levantarlos grito a decibeles más altos que de costumbre, amenazo con un balde de agua fría con hielo al chico si no se levanta en 10 segundos y, una vez dentro del carro sin una gota de desayuno en sus estómagos, con la ropa arrugada, disparo, siempre con las gafas oscuras de sol, el discurso de lo afortunado que son de llevar la vida que llevan. A la hora de estudiar, ese día deben escuchar al menos tres veces el costo anual de sus escuelas y el de los zapatos que a veces quedan tirados en la sala a merced de la perra. Me aseguro que usen ropa heredada o remendada por su no muy diestra madre a quien le encanta que sus camisas resalten con hilos y botones de otro color distinto al original.

A la hora de la cena, cuando miran de reojo el indefinido guiso del día, la punzante arenga maternal versa sobre los niños hambrientos no solo en África sino en el resto del mundo, en Marte, Júpiter y Mercurio, que darían cualquier cosa por una cucharada del guiso. Al pedir ir a comprar lápices, bolígrafos, libretas, ese día rebusco en todos los rincones del hogar y damos nueva vida a los utensilios que habían pasado a mejor vida por ser viejos, sucios o estar fuera de moda. El fatídico día sintonizo la radio y la televisión local para que estén al tanto que vivimos en un mundo violento, de los estragos en nuestro hermoso pero atribulado país que causan las drogas legales e ilegales y el consumismo desmedido. La tarjeta de débito y la de crédito quedan en casa y hay que ceñir tanto a las necesidades como a los caprichos al dinero en efectivo en la billetera. Una que otra vez, el teléfono celular queda olvidado en la casa y tienen que esperar pacientemente en la escuela a ver su carro llegar en la lontananza.

Por supuesto, hay cientos de experiencias que han forjado a más de uno en mi generación y que día a día me aseguro que no tengan. De algunas están enterados como cuando osan quejarse que no los recogí a tiempo en la escuela o que el aire acondicionado del carro no enfría suficiente. Trato, pero no logro, evitar disparar el discurso de las pocas, pero inolvidables veces, que alguien olvidó recogerme en la escuela en tiempos donde no había teléfono celular, y las innumerables veces que aguanté junto a mis hermanos el humo de cigarrillo, recalentado por el insoportable calor, en el pequeño carro sin acondicionador de aire de mi padre, y el suplicio en los días lluviosos porque no podíamos abrir las ventanas del carro.

Hay otras vivencias que hago un esfuerzo sobrehumano para no repetir y ayuda el inhalar, exhalar, acorde a las recomendaciones de los expertos new age.

Tome a manera de ejemplo mi experiencia al toparme con una llanta vacía del carro. Inhalo y exhalo al compás de la furia que se va apoderando de mí para no emular a mi querido e inolvidable padre. Resisto la tentación de bajar del carro, para patear con furia la llanta mientras miro al cielo para recitar en cascada los nombres de todos los santos habidos y por haber, acompañados del surtido más colorido de palabras groseras agudas, llanas y esdrújulas, que jamás haya escuchado ser humano.

Justo cuando los genes paternales surten efecto, y voy a dar la primera patada, miro a los buenos, disciplinados, generosos, agradecidos y amados chicos, exhalo, exhalo, exhalo, inhalo, y echo un vistazo al contaminado firmamento para invocar a los genes maternos. Uno que otro entra en acción y es entonces cuando disco el número telefónico de la diestra vecina, del medio mangó o de asistencia en la carretera para evitar seguir nutriendo con anécdotas pintorescas el repertorio vivencial de la familia.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Lili

Al dar comienzo a este ejercicio literario, juré con la correspondiente solemnidad jamás escribir sobre perros.

Si iba a dedicarle espacio a estas criaturas caninas es una pregunta que se cae de la mata al que conoce a nuestra familia y sus múltiples y tortuosas peripecias con los canes que ha traído a nuestro hogar mi amado medio mangó. Bueno, que un día tuvieron la irremplazable distinción de ser parte de nuestro hogar pues, por una razón u otra, huyeron y apenas nos queda una afortunada perrita zata de dos años que aun no se entera que los chicos y yo escribimos una novela titulada “El hogar de las mascotas fugitivas”.

No voy a relatar una de tantas anécdotas que ha hecho a más de uno reír y sentir compasión por la que escribe o, en la mayoría de los casos, por su medio mangó. (Ok. No aguanto la tentación. Una de las favoritas es cuando los perros grandes se escapaban y, harta de que rehusaran volver a la casa conmigo o con los chicos de la casa, no importara el grado de calidad de la carne que usáramos de carnada, esta servidora gritaba con una insustituible mezcla de amor y desquicio, a vecinos y guardias, que el verdadero culpable era el medio mangó que insistía en traer a desalmados perros que no apreciaban las bondades de nuestro humilde y muy dulce hogar. De paso les daba el número del teléfono celular para que lo torturaran con sus amenazas legales y sicológicas).

La actitud altanera y vergonzosa de nuestra Lili no me deja más remedio que dedicarle esta columna. Ojo, no es que me estoy quedando sin temas para escribir sino que Lili hoy merece honrarla con mi elocuente prosa por haberme hecho derrochar 63 valiosos minutos.

Esta mañana fue uno de esas que Lili rehusó comer los dos pedazos de queso cheddar premium que saqué del refrigerador y puse al lado de su plato de porcelana inglesa. Ni siquiera se dignó acercarse a husmearlo. La miré y luego de sustituir la imagen de Hitler en mi cerebro con la de la Madre Teresa, en vez de estrellar a Lili contra la lavadora (jamás la secadora), inhalé, exhalé, inhalé, exhalé, exhalé, exhalé, inhalé, inhalé, y esperé que se fuera de la cocina y olvidara el intento de humillación canina.

A pesar de todo el trabajo que se devela ante mis ojos, tanto en la oficina como en el hogar, esperé y sigilosamente, sin que me viera, tomé los pedazos de queso y los puse dentro del plato rojo de plástico que la chica de la casa usó esa mañana para desayunar. Pero, monines, mi desprendido gesto ni inmutó a la perra quien siguió tumbada boca arriba en el sofá con la consabida expresión de que en pocos segundos iba a pasar a la historia como la primera zata, al menos boricua, suicida.
Escondí el plato, salí de la casa, me metí al carro, conté hasta cinco (tiene que ser hasta cinco, según previa experiencia) y volví a salir asegurándome de que la alarma indicando que el carro cerraba se activaba. Entré a la casa, saludé a Lili efusivamente por segunda vez esa mañana y me dirigí al plato de la chica. Mostrando sorpresa y alegría de encontrar los trozos de queso cheddar premium que la chica no comió, se los tiré. Feliz, gozosa, Lili batió su cola. Pero la muy perra no se movió ni se acercó al manjar lácteo.

Acordándome de su vetusto decoro, me retiré y espié cuando la perra, tras confirmar que nadie la veía, recogió con elegancia y altanería uno de los pedazos, luego de tasarlo con sus refinadas fosas nasales. Camino al sofá de piel italiana iba feliz porque, aunque lleve tres días sin comer, la muy perra no come los pedazos de queso cheddar premium si no vienen del plato rojo de la chica de la casa.

La miro y vuelvo a preguntarme si estaré poniéndome vieja a pasos más galopados que lo usual para mi tierna edad. En vez de cavilar sobre el asunto, y soltar una que otra lágrima de iguana, reenfoco mi atención e inteligencia a temas más importantes tales como que algún día, al igual que descubrí cómo lograr que Lili comiera queso sin hablarle de los perros hambrientos de África, me ganaré el Premio Nobel de física, química o biología descubriendo la fórmula para evitar que los canes, no importa su tamaño, abolengo o si comen queso cheddar premium, no aniden descaradamente y sin pudor sus hocicos dentro de las partes privadas de las apreciadas féminas que nos visitan.