sábado, 12 de diciembre de 2009

Lili

Al dar comienzo a este ejercicio literario, juré con la correspondiente solemnidad jamás escribir sobre perros.

Si iba a dedicarle espacio a estas criaturas caninas es una pregunta que se cae de la mata al que conoce a nuestra familia y sus múltiples y tortuosas peripecias con los canes que ha traído a nuestro hogar mi amado medio mangó. Bueno, que un día tuvieron la irremplazable distinción de ser parte de nuestro hogar pues, por una razón u otra, huyeron y apenas nos queda una afortunada perrita zata de dos años que aun no se entera que los chicos y yo escribimos una novela titulada “El hogar de las mascotas fugitivas”.

No voy a relatar una de tantas anécdotas que ha hecho a más de uno reír y sentir compasión por la que escribe o, en la mayoría de los casos, por su medio mangó. (Ok. No aguanto la tentación. Una de las favoritas es cuando los perros grandes se escapaban y, harta de que rehusaran volver a la casa conmigo o con los chicos de la casa, no importara el grado de calidad de la carne que usáramos de carnada, esta servidora gritaba con una insustituible mezcla de amor y desquicio, a vecinos y guardias, que el verdadero culpable era el medio mangó que insistía en traer a desalmados perros que no apreciaban las bondades de nuestro humilde y muy dulce hogar. De paso les daba el número del teléfono celular para que lo torturaran con sus amenazas legales y sicológicas).

La actitud altanera y vergonzosa de nuestra Lili no me deja más remedio que dedicarle esta columna. Ojo, no es que me estoy quedando sin temas para escribir sino que Lili hoy merece honrarla con mi elocuente prosa por haberme hecho derrochar 63 valiosos minutos.

Esta mañana fue uno de esas que Lili rehusó comer los dos pedazos de queso cheddar premium que saqué del refrigerador y puse al lado de su plato de porcelana inglesa. Ni siquiera se dignó acercarse a husmearlo. La miré y luego de sustituir la imagen de Hitler en mi cerebro con la de la Madre Teresa, en vez de estrellar a Lili contra la lavadora (jamás la secadora), inhalé, exhalé, inhalé, exhalé, exhalé, exhalé, inhalé, inhalé, y esperé que se fuera de la cocina y olvidara el intento de humillación canina.

A pesar de todo el trabajo que se devela ante mis ojos, tanto en la oficina como en el hogar, esperé y sigilosamente, sin que me viera, tomé los pedazos de queso y los puse dentro del plato rojo de plástico que la chica de la casa usó esa mañana para desayunar. Pero, monines, mi desprendido gesto ni inmutó a la perra quien siguió tumbada boca arriba en el sofá con la consabida expresión de que en pocos segundos iba a pasar a la historia como la primera zata, al menos boricua, suicida.
Escondí el plato, salí de la casa, me metí al carro, conté hasta cinco (tiene que ser hasta cinco, según previa experiencia) y volví a salir asegurándome de que la alarma indicando que el carro cerraba se activaba. Entré a la casa, saludé a Lili efusivamente por segunda vez esa mañana y me dirigí al plato de la chica. Mostrando sorpresa y alegría de encontrar los trozos de queso cheddar premium que la chica no comió, se los tiré. Feliz, gozosa, Lili batió su cola. Pero la muy perra no se movió ni se acercó al manjar lácteo.

Acordándome de su vetusto decoro, me retiré y espié cuando la perra, tras confirmar que nadie la veía, recogió con elegancia y altanería uno de los pedazos, luego de tasarlo con sus refinadas fosas nasales. Camino al sofá de piel italiana iba feliz porque, aunque lleve tres días sin comer, la muy perra no come los pedazos de queso cheddar premium si no vienen del plato rojo de la chica de la casa.

La miro y vuelvo a preguntarme si estaré poniéndome vieja a pasos más galopados que lo usual para mi tierna edad. En vez de cavilar sobre el asunto, y soltar una que otra lágrima de iguana, reenfoco mi atención e inteligencia a temas más importantes tales como que algún día, al igual que descubrí cómo lograr que Lili comiera queso sin hablarle de los perros hambrientos de África, me ganaré el Premio Nobel de física, química o biología descubriendo la fórmula para evitar que los canes, no importa su tamaño, abolengo o si comen queso cheddar premium, no aniden descaradamente y sin pudor sus hocicos dentro de las partes privadas de las apreciadas féminas que nos visitan.

2 comentarios:

  1. Aunque no lo creas, nunca he tenido la oportunidad de tener un canino. Pero definitivamente he conocido muchísimos, incluyendo a tu Lili. Es impresionante la personalidad individual que tiene cada uno aunque llevan muchos rasgos parecidos como el que mencionas al final de tu relato y por el cual te ganarás ese Premio Nobel.
    Disfruté cada línea de tu relato porque a la verdad son como los niños, cada cual tiene su manía y para lograr algo de ellos hay que dorar las píldoras muy pacientemente como hiciste con Lili. ¡Felicitaciones!

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  2. Aunque no lo creas, nunca he tenido la oportunidad de tener un canino. Pero definitivamente he conocido muchísimos, incluyendo a tu Lili. Es impresionante la personalidad individual que tiene cada uno aunque llevan muchos rasgos parecidos como el que mencionas al final de tu relato y por el cual te ganarás ese Premio Nobel.
    Disfruté cada línea de tu relato porque a la verdad son como los niños, cada cual tiene su manía y para lograr algo de ellos hay que dorar las píldoras muy pacientemente como hiciste con Lili. ¡Felicitaciones!

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