viernes, 10 de diciembre de 2010

Noticia

Temo compartirles una noticia seria y alarmante.

Hace exactamente tres semanas, dos días, cuatro horas y seis minutos un malicioso y descarado joven tuvo la osadía de llamarme señora. Justo dos horas más tarde, seguro por instrucción del primero, un vendedor ambulante se acercó a mi carro y me dijo doña.



Empecemos por mi reacción física ante los difamadores epítetos cuyo propósito, no dudo, era humillarme y recordarme la infalibilidad del ser humano. A pesar de que mi rostro estaba cubierto de una generosa dosis de base, además de una  tercera parte oculta detrás de mis gafas de sol, en ambas ocasiones se tornó rojo púrpura, a la misma vez que el entrecejo se estriñó tratando de relajar los recios músculos faciales. La mano derecha se activó rápidamente, seguro con la intención no intencionada, valga la redundancia,  de darle un sopetón tanto al insolente joven que acababa de acomodar las bolsas de lona  en el baúl de mi carro como al vendedor ambulante que de seguro se había robado los aguacates del árbol de la vecina. 


En el primer caso, a tiempo reaccioné y aguanté el puntapié que iba directito a la ingle del cruel joven. (Por falta de pierna,  no de agilidad, no logré apuntar más arriba como dicta la tradición femenina ante esta desfachatez).



Gracias a Darwin, el creador, Jehová o Mahoma la reacción emocional no se asomó, pues posiblemente se hubiese desatado un motín en pleno estacionamiento del centro comercial y en la carretera de Río Piedras a Caguas.  En ambos casos, lo primero que me pasó por la mente  fue preguntarme si los dos hombres  estaban drogados o borrachos o no tenían la madurez cerebral para percatarse de que estaban frente a una mujer joven. Descartada la teoría, eché un vistazo rápido a mi persona y no encontré razón alguna para que de la noche a la mañana pasara de joven a señora o doña. Las arrugas están ahí, por supuesto, al igual que la piel más flácida en  el cuello,  pero la actitud, el estilo de vida y la arrogancia de una mujer joven siguen intactas. 


Además,  en ambos casos de la estación radial no emanaba en esos momentos música de Los Panchos ni de Daniel Santos, sino un sabroso rock español y una pegajosa salsa.

 Al empacador de la compra lo despaché con una peseta, no con el tradicional dólar, alegando que el cheque del retiro no daba para más. Al vendedor ambulante le devolví ceremoniosamente el aguacate diciendo que la caja de dientes postizos no resistiría una mordida del tieso aguacate del árbol prohibido.  



Dos semáforos de tráfico más adelante se acercó  un  apuesto y cortés muchacho de un conocido centro de rehabilitación para usuarios de drogas. Al escuchar su  respetuoso  “joven” no dejé que terminara su discurso de ventas y sin pensarlo ni dudarlo le compré tres paquetes de bolsas de basura.




lunes, 25 de octubre de 2010

Google




No es secreto que las maravillas del mundo tienen sus defectos y, con mucho pesar les comunico que Google no es la excepción.

Si no fuera por la existencia de este motor de búsqueda, mi vida posiblemente sería muy difícil. Google no sólo se encarga de aclarar quién es quién, sino de informar los códigos telefónicos de los países, la hora exacta en cada país al que llamo, y lo más relevante que ha salido en cualquier lugar de la Web sobre mis temas favoritos. Para mi nueva computadora, con un sistema operativo  completamente diferente al anterior, he resuelto dudas en segundos al sólo insertar la pregunta y tener acceso a cientos de alternativas. 

Pero recientemente puse a prueba su capacidad y temo informarles que hasta Google tiene su límite.

Las dos anécdotas tienen que ver con la misma persona, pero en diferentes circunstancias. En la primera, a mi buena y querida amiga la sometieron un día a una cirugía de emergencia muy delicada y temerosa. El día de la operación, camino a su hogar, compré un ramo de flores frescas y su helado favorito. Al recoger a su hija en  la escuela, me entero de que la madre se había equivocado de fecha y que la operación sería en cuatro días.

Miré las flores y el helado y me pregunté: ¿qué rayos hace uno en esta situación con regalos perecederos?’¿Por qué, siendo yo una mujer tan práctica, no se me ocurrió comprar flores de plástico y una vela con aroma de helado de Häagen Dazs de dulce de leche? ¿Qué se supone uno haga en estas circunstancias?

Ni se imaginan cuánto hubiese dado por tener a Google a mi alcance para googlear la pregunta de qué diantres dicta el protocolo en estas circunstancias. Miré las flores y era obvio que en mi casa no iban a durar así de bonitas dos días ni aunque les echara Miracle Gro, composta, viagra o spray de pelo. El tentador helado no iba a sobrevivir una velada con esta servidora, así que ni corta ni perezosa dejé a su hija y a los regalos en su hogar con la advertencia de que el presupuesto semanal no daba para ir de compras nuevamente en cuatro días. 

Me consta que su hija cumplió a cabalidad el informar la orden de que se asegurara que tanto las flores como el helado duraran hasta el día de la operación. (Aún me asalta la duda pues aunque recibí unas generosas gracias el día equivocado no se repitieron el día de la operación. Mi buena amiga no tiene excusa, pues aunque estuviese postrada y anestesiada no se despega de su Blackberry. Si tenía dudas,  muy bien podía haberle consultado a Google.).

La misma amiga -hay muchas otras, créanme- me invitó unas semanas más tarde asistir a la gala premiere de una película de Hollywood. Justo antes de salir de la casa,  googleé una importante pregunta protocolar: ¿se come popcorn en una gala premiere?  (No me atreví llamar a mi amiga a preguntar por no sufrir su mirada de sorpresa y vergüenza ajena, y arriesgar que no me invitara más. Ya por poco me fusila cibernéticamente cuando pregunté si podía ir con jeans.)

Juro que es la primera vez que Google tarda un poco más que de costumbre encontrar una respuesta. Nerviosamente me limpié las uñas, me levanté, di una vuelta y volví, resuelta a ver la respuesta y acatar el protocolo. Llegaron más de 100,000 respuestas, pero un vistazo a las primeras cien reveló que no iban a ser de utilidad, a menos que el dilema fuera en qué sala de cine a nivel mundial sirven el mejor popcorn. La indirecta googleana no podía ser más directa: nadie pregunta eso, lo que quiere decir que a nadie más que a esta servidora se le ocurre comer popcorn en una premiere.


Les cuento que cedí a la presión social y no compré la bolsita de popcorn, pues no iba con mi elegante atuendo. Además, tenía  dudas de cuántas rosetas quedarían en la bolsa una vez llegara a mi butaca luego de balancear en los tacos de un cuarto de pulgada el popcorn, mi bolso y mi abultado pero esbelto cuerpo aderezado con Cuba Libre. Me estuve sulfurando toda la noche al escuchar a las elegantes damas y caballeros a mi alrededor degustar, con voraz apetito, sus generosas bolsas de popcorn, sin importarles que sus vestidos de diseñador se salpicaran con las rosetas.

La próxima vez, digo si mi amiga se arriesga a subsidiar dos horas más de irritación vecinal, prometo dejarme guiar por mi instinto animal  insinúe lo que insinúe Google. 

sábado, 25 de septiembre de 2010

Anuncio

Queridos todos:
A raíz de una publicación que hice hace varias semanas reseñando la visita al pueblo donde trabajé como voluntaria del Cuerpo de Paz hace más de 20 años, recibí numerosos  comentarios de personas que les gustó mi crónica. (Aquí va el enlace para los que no lo han leído:  http://cronicasterebird.blogspot.com/2010/09/santa-rita.html ) Por lo tanto, he creado un nuevo blog titulado crónicas de Tere.

 Para los que me han preguntado qué pasó con Entuertos,  sigo con la intención de continuar el blog  de humor negro. Los viajes, el trabajo y los embelecos han dificultado el que pueda escribir regularmente, pero lo seguiré haciendo.

Aquí va mi segunda publicación en las crónicas que espero disfruten.

http://cronicasterebird.blogspot.com/2010/09/amortajados.html


Mil gracias por el apoyo, las críticas, las palabras de aliento, etcétera.

Un abrazo cibernético,
 Tere

viernes, 2 de julio de 2010

Palomitas

El político que se ganará mi voto en las próximas elecciones será aquel que se atreva a meterle mano a un asunto que llora ante los ojos de Dios, y que pudiera muy bien ser el detonador de una guerra civil en años venideros. Necesitamos ciudadanos valientes que se atrevan alzar su voz de protesta para que el abuso no siga en este país.


Urge legislar con celeridad el que cada persona que ose a entrar a una sala de cine compre su propia bolsita de popcorn, también conocida con el nombre de palomitas de maíz. Si el poder adquisitivo no permite sucumbir ante ese lujo, entonces favorezco que se repartan cupones o se otorguen subsidios o beneficios contributivos para remediar esta situación. No hay nada que me ensañe más con mis parientes y conciudadanos que el tener que compartir una bolsa de popcorn en la sala de cine.

Empecemos por señalar que pecan, a nivel de las grandes ligas, los que terminan compartiendo una bolsa con la persona al lado pues han faltado crasamente a la verdad al asegurar en la fila para comprar las meriendas no tener hambre.

Mi medio mangó es el primer culpable. Al año y dos semanas de casados aprendí la lección de que cuando asevera impasiblemente NO querer popcorn lo que realmente quiere decir es que compartirá la bolsa que yo compro. Ahora ni le pregunto y hago malabares para llegar a mi butaca con las dos generosas bolsas. A más de un ignorante cinéfilo he escuchado cuchichear si al medio mangó no lo alimentan en la casa por la forma en que devora las palomitas. Al unísono se le caerían la quijada y las orejas si lo hubiese escuchado minutos antes vociferando, por tercera vez, no tener hambre al preguntarle, por última vez, si estaba seguro y claro con su descarada aseveración.

Ni hablar de las amigas que llegan tarde a la cita cinematográfica de la semana y que, por no perderse los primeros minutos de la película, terminan metiendo la mano en mi bolsa. Entiendan que mi problema no es el no querer compartir sino el impacto que tiene el ademán de ver una extremidad ajena, en la mayoría de los casos con cinco dedos,violar el contenido sagrado y sublime de mi bolsa, afectando mi concentración en la película. ¿Quién rayos puede concentrarse en el apasionado beso, el debate verbal o el lenguaje corporal de la pareja protagónica si tiene que estar pendiente de cuándo rayos es que le toca pasar la bolsa al vecino para que ejercite sus quijadas?

Los que me conocen saben que soy amante del cine y no les sorprenderá enterarse que he ido a ver una película una segunda vez por culpa de las amigas de lo ajeno.

El chico y la chica de la casa ya saben a qué atenerse y ni osan pedir una roseta de maíz. A mis queridos familiares costarricenses recientemente los arropé con una buena dosis de mi malhumor cuando fuimos al cine en manada y por poco infarto al quedarnos cortos de una bolsa de palomitas, justo la que me tocaba a mí. Cediendo a la presión de la etiqueta familiar, accedí a ser una buena aunque infeliz y desdichada ciudadana compartiendo una bolsa con la chica de la casa pues la dinámica tica al parecer es compartir las bolsas de palomitas de maíz. (Ahora entiendo porque en Costa Rica no hay necesidad de un ejército). Bolsa, por cierto, que la chica de la casa dejó caer justo al comenzar la película, seguro adrede y sobornada por el medio mangó en un intento de revelar ante su familia a la verdadera e iracunda mujer con quien se casó.

De más está decir que al día de hoy ni me acuerdo del nombre del estreno cinematográfico. Pero si me preguntan cuántas palomitas de maíz me sonreían desde el sucio piso de la sala, juro que les puedo dar una cifra fiel y exacta.

sábado, 27 de marzo de 2010

Contraseña


 
   Los afortunados entes inertes y vivos que me conocen saben que son pocas las situaciones que me hacen titubear en esta vida, y lo más seguro en las venideras.   
   Creí sin parpadear esa aseveración hasta que me topé con el vivir diariamente enfrentada a las desgarradoras y punzantes interrogantes de la computadora que me hacen dudar y cuestionar quién soy, y  dónde rayos está la niña o el niño que los expertos de la nueva era aseguran hay adentro de mí.   
   Usuaria frecuente de varias páginas cibernéticas,  a diario tropiezo con preguntas que descuartizan mi alma.  Juro con la correspondiente solemnidad que esa es la intención de los expertos tecnológicos que idearon el uso de preguntas para cuando se nos olvida la contraseña para entrar a una página Web. Apuesto a que el experto tiene cariz de un sicólogo o sicópata que secretamente busca que nos suicidemos o terminemos rematadamente locos.
   Una de esas páginas donde a menudo olvido la contraseña pide que identifique el apellido de mi abuelo. Pero hay un detalle. No especifica si se refiere al abuelo paterno o materno, o a uno de esos  tíos que funge de abuelo de cuando en vez. No sólo tardo preciados minutos en dar con el abuelo correcto si no que me rompo la cabeza preguntando por qué siempre tiene que ser el abuelo y no la abuela. ¿Acaso piensa el programador que las posibilidades de que me acuerde del nombre de la abuela son menores? ¿Vive traumatizado por algún recuerdo vinculado a su abuela?  ¿Fue una de esas abuelas que se rehúsa, acertadamente, cuidar diariamente a sus nietos?  
  El meollo es más complicado en otra página que ingenuamente pregunta el nombre de mi primera mascota. A una le envié el siguiente mensaje ¿Podría por favor ser más explícito en cuanto a la definición de mascota? ¿Mascota oficial o no oficial? ¿Se refiere a los perros, gatos,  o a los hámsteres de uno de mis hermanos que desaparecieron dentro de nuestro hogar cuando éramos chicos y en más de uno detonó inolvidables pesadillas? ¿Qué tal los gansos de la tía materna a los que teníamos pánico, y la cabra que mi padre recibió como pago por un trabajo, que nunca aprendió que en las urbanizaciones no se berrea? Ni hablar de las guineas y gallinas, algunas de las cuales desaparecían en un santiamén para convertirse en guisos que comíamos sólo si sus cocineras obviaban informarnos su verdadera identidad.
  En una de las páginas, tuve la ocurrencia de crear como pregunta de seguridad “perro desaparecido”. Error grave pues debo introducir  al menos seis nombres de la larga lista de perros que han huido de nuestro hogar por razones que no vienen al caso. ¿Por qué realmente escapó Maicera? ¿Por qué Pola, a quien recogimos y quisimos por tantos años, optó por callejear?
Quise simplificar el dilema existencial en una de las páginas  con la pregunta “perro asesinado”,  pero el ataque de llanto que se apodera de mí cada vez que entro a la página no permite aclarar la mente lo suficiente como para poder contestar.
Hay otras preguntas que estoy segura las escribió alguien cuya vida es demasiado simple. ¿Dónde conociste a tu esposo? ¿Hello? ¿Se refiere a la ciudad, el país o la ruta del autobús? ¿Qué quiere decir con conociste? Una cosa es conocer a alguien por unos segundos y la otra conocerlo al dedillo luego de una cena y una conversación.  El tema de cómo conocí al medio mangó no se puede despachar con una pregunta trivial y hueca que me hace perder dos horas de trabajo al remontarme a ese inolvidable  momento.   
¿Qué tal la pegunta del apellido de soltera de tu madre?  ¿A quién rayos se le ocurre hacer semejante pregunta que no falla en hacerme divagar sobre los días de soltera de mi madre y qué la llevó a casarse y parir 10 hijos? ¿Qué especularán nuestros hijos cuando se topen con esa pregunta en 10 años? ¿Lamentarán que esta servidora haya perdido la soltería para engendrarlos? ¿Cuestionarán sus intenciones de ser marido y mujer en un futuro no muy lejano? ¿Le entrarán deseos de salir corriendo a un sicólogo?
Hay miles de otras preguntas que auguro no afectarían nuestra psiquis. Aquí van unas sugerencias para nuestros programadores de computación.
1. Uña de la mano derecha que más se come.
2.  Dedo del pie izquierdo que más  rasca en el avión.
3. Cantidad de chocolates que se come en un santiamén.
4.  Nombre del primer maestro que insinuó que es bruto o genio.
5.  Palabra soez favorita que  discurre sin querer queriendo de sus labios cuando no logra acordarse de contraseña alguna.

lunes, 8 de febrero de 2010

Movimiento sospechoso

No se sorprenda si algún día protagonizo la primera plana de la prensa amarilla. El titular seguramente proclame arresto por comportamiento sospechoso dentro de una tienda.

Lo cierto es que, cada vez que estoy en una tienda y por el alto parlante alertan a seguridad de movimiento de mercancia sospechoso en una de las zonas que solo ellos pueden identificar, tiemblo, vibro, palpito y miro a mi derredor para asegurarme si alguien más se comporta suspicazmente.

Usualmente estoy frente a la góndola mirando un producto. Tras escuchar la alerta, confirmo si estoy sola y examino el pasillo a ver si hay un detector de gases. Si llevo los zapatos negros que tanto amo, husmeo a ver si ya la combinación de sudor añejo y fresco ha surtido el nefasto efecto de detonar la alarma de fuego.

De no haber un detector, suelto de inmediato el producto que tengo en mis manos, que por costumbre someto a un escrutinio de calidad y precio. ¿Le habrá resultado sospechoso el que hamaqueara la lata de habichuelas para asegurarme que más de la mitad del contenido es sólido? ¿Encontró sospechoso que tuviera que pegarme el paquete de arroz a la cara para leer las letras pequeñas que indican su procedencia? ¿Pequé al someter a mi olfato al paquete de carne rebajado en un 40% por haber sido empacado hace más de una semana? ¿Levantó sospecha que revisara los 20 potes de aceite para ver si alguno estaba marcado con un precio más bajo? ¿Pensarán que el bulto alrededor de la cintura es un pernil de 20 libras que trato de hurtar?

Si estoy en una tienda departamental o de ropa, me acerco a un espejo y con disimulo reviso mi cuerpo. ¿Levantó sospecha el jean que llevo puesto al cual le falta uno de los bolsillos traseros? ¿O considerarán sospechosa las ubicuas manchas de la camisa por parecer residuos de Ántrax o criptonita?

Descartada esas opciones, doy una ojeada para determinar si la cámara espía enfocó a mi persona justo cuando, luego de cerciorarme de que no hubiera ser humano a la vista (los bebés no cuentan pues no me delatan), usé la agilidad para con disimuladas y recatadas sacudidas de los glúteos desalojar al intruso g string.

Si voy acompañada de los chicos, la primera reacción es preguntarme si la cámara espía leyó mis labios cuando les susurre, siempre con una sonrisa, la amenaza de dejarlos sin mesada por un mes (es tarea imposible determinar quién comenzó el juego de manos) o agarré del brazo a uno en señal de que la furia maternal estaba a punto de ebullición. Peor aún, ¿tendrá la tienda un lector de la mente que haya detectado que soy una potencial asesina en serie de perros?

Lo cierto es que aun no entiendo por qué no me han arrestado dada la cantidad de miradas furtivas, temblequeo, gotas de sudor, confusión y torpeza al escuchar el anuncio. Una que otra vez, me pregunto si no será una señal divina y que quizá este negando mi destino de ser una habilosa ladrona.

Si me arrestan, sólo espero haber olvidado comer habichuelas ese día y dejado en la gaveta el g string para no exponerme a una cadena perpetua por movimientos sospechosos dentro de una celda.

domingo, 31 de enero de 2010

Impericia Médica

El trámite burocrático para demandar al médico primario por impericia médica está a punto de caramelo.


He sido más que paciente con el profesional, y es hora de enviarle un mensaje contundente con una acción legal que estoy segura le hará temblar desde el cuello hasta el dedo gordo del pie derecho. (Excluyo la cara pues ya no tiembla de tantas cirugías plásticas. El pie izquierdo está enyesado por una gran metida de pata).

Es hora de que los consumidores de nuestros países se unan y defendamos nuestro derecho ante el abuso persistente y metódico al que nos somete esta clase profesional privilegiada.

Para beneficio del que no se haya enterado del meollo de mi acción legal, he aquí un recuento igual de fiel al resumen que le hice a mi defensor legal, quien aun no sale de su asombro y perplejidad ante mi reclamo. Por primera vez lo he visto titubear y eso me llena de orgullo y pompa pues no es tarea fácil ver a un letrado abogado mostrar duda.

Resulta ser que, la última vez que tuve que ir a la oficina médica, salí furiosa e iracunda pues, señores, apenas tuve una hora y 43 minutos para ponerme al día leyendo las revistas Hola, Semana, Vanidades, Cosmopolitan, Selecciones de Reader’s Digest y People en Español. El muy distinguido doctor no citó ese día los acostumbrados 23 pacientes por hora y no pude terminar de enterarme de los chismes de la realeza europea, la nueva talla de pantalones de Shakira, la más reciente versión de la muerte de la Princesa Diana, el color de las medias de Michael Jackson al morir, y la identidad del verdadero amor de Luis Miguel. El distinguido médico usurpó una hora y 17 minutos de la lectura para la cual voy preparada con paciencia y amor, luego de asegurarme apagar el teléfono celular y de sentarme lo más lejos posible del paciente con síntomas de resfriado o el que busca conversación. Con la ayuda de dos o tres señas aprendidas por Internet, he pretendido hasta ser sordomuda con tal que me dejen en paz al ejercer la instrucción intelectual.

El médico en cuestión al parecer intuyó que lo iba a demandar al ver mi cara cambiar de color cuando llamó mi nombre. Miré alrededor pero no había nadie más viejo o más enfermo que yo para ejercer de buena samaritana y ceder mi turno para al menos terminar de leer la revista en mis manos. Era muy tarde también para meter la revista dentro de mi bolso pues todos me miraban. Además, con el tiempo he aprendido que los Holas y las Semanas no caben en bolso alguno, y que es imposible arrancar una de sus páginas sin que todas las hojas se suelten, y el desgarrador sonido haga arquear a más de un par de cejas, muchas sin depilar.

Lo cierto es que, dada la gran cantidad de excelentes médicos en nuestro país, he seleccionado a los especialistas por la lectura que ofrecen en su sala de espera. Los más codiciados son lo que tienen estibas con los números más recientes de Hola y Semana. Las revistas pequeñas que reseñan noticias de farándula local las puedo leer en un santiamén mientras hago cola en el supermercado. Además, es imposible camuflajear una de esas revistas en el carrito repleto de caviar, queso manchego, Merlot francés, steak, mariscos, café gourmet y el National Geographic y The Economist del mes.

La lectura de Hola y Semana requiere tiempo no sólo para determinar quién sale con quién, quién viste de Armani o de Carolina Herrera, sino para ver si Talía ya tiene celulitis, si a Carli, la esposa del presidente de Francia, se le quedó un frijol entre los dientes, si a Priscilla, la ex de Julio Iglesias, le ha salido algún chicho y si al rostro de Carolina de Mónaco al fin asoma una arruga (o al menos una lágrima ante los líos de su marido). No niego que también me doy a la tare de confirmar cuánto pelo, si alguno, queda en la cabeza del rey Juan Carlos de España y la de Charles de Inglaterra.

La belleza de estas revistas estriba en el tamaño monumental de sus fotos que permiten a uno escudriñar los poros, impurezas y defectos de los famosos. A más de un niño en brazos de estas estrellas he visto con un pañal desechable Dior a punto de reventar y respiro aliviada al ver que muchos de esos chicos van con la ropa igual de arrugada que la de los míos. Ni hablar de cuando descubro una arruga, chicho, estría o visos de celulitis que me hacen sentir que, no tendremos en común ni la fama ni la plata, pero si otros secretitos.

Eso sí. En mi hogar, jamás, léanlo bien, jamás, verán una de estas revistas. No es esnobismo sino una patriótica y leal empatía a nuestros doctores en medicina al asegurarme de no despreciar su oferta literaria.

Fiel creyente del arbitraje, mi abogado propone una resolución amistosa a mi pleito legal. En aras de fomentar la paz, e inspirada por Gandhi, he propuesto al médico que se asegure tardar al menos tres horas en atenderme … y de paso añadir dos o tres revistas más a su subscripción mensual.

miércoles, 20 de enero de 2010

Destrezas

Dos destrezas envidio a las nuevas generaciones que pululan nuestro país: la habilidad de usar los aparatos electrónicos sin necesidad de leer manuales de instrucción, y el don de entender cada una de las palabras en las canciones, películas y programas de televisión en el idioma inglés.

Confieso que me tomó dos años tener las agallas de pedirle a otro ser humano más talentoso que yo en esos oficios el programar mi Ipod. Por dos años estuvieron muertos de la risa, tanto el aparato como el medio mangó, quien cedió ante mis reclamos de que quería uno como regalo de cumpleaños y se sonrió al dármelo pues sabía que, a pesar del desespero y la insistencia en tener uno, tomaría par de años domesticar el aparato.

A uno de los chicos tuve que amenazarlo sin cena una semana si no accedía a enseñarme cómo usar el Power Point. Ni hablar las veces que el DVD, el estéreo, el teléfono celular o la impresora se confabulan para hacerme la vida un poco más difícil y divertida dejando de funcionar o hacerlo incorrectamente. Trago mi maltrecho orgullo y suplico a uno de los chicos que me ilumine, ilustre o humille, confesando que su madre se las sabe casi, casi todas. Cuando tengo que textear un mensaje en el teléfono celular, me aseguro tener a la chica cerca pues escribe 13 mensajes en lo que yo redacto uno.

A pesar de ser bilingüe, y gozar del privilegio de ejercer el periodismo y el oficio de escritora, tanto en el español como en el inglés, todavía no entiendo el 90 por ciento de las palabras en las canciones en inglés. Hasta hace poco vivía feliz y contenta cantando Jey, You de los Beatles hasta que alguien me aclaró que es Hey, Jude. (Antes de Jey You tuve la etapa de Jey Jew) Me sonrojo al confesar que por mucho tiempo entoné la canción Yellow Submarine, también de los Beatles, como Jello submachine. Confieso que me preguntaba cómo rayos alguien había creado una metralleta con gelatina Jello pero no me atreví preguntar para que no cuestionaran mi patriotismo.

Igual me pasó con la contagiosa melodía de Barry Manilow, Mandy, la que dedicaba a Manny mientras en secreto admiraba a Manilow por su apertura en las cosas del amor. Abba continua siendo uno de mis grupos favoritos porque puedo repetir la misma frase mientras canto y nadie se entera que apenas sé frases claves como Chiquitita (mi favorita), Dancing queen, Mama Mía, Money, Money, Honey, Honey y the whiner eats atol.

Los chicos, sin embargo, se aprenden una canción de una oída y a la perfección sin hacer su propia interpretación. Para que no lo vuelva loco, los chicos insisten en ponerme los subtítulos en inglés en las películas y series de televisión que vemos juntos para no tener que pausar el video para aclarar qué rayos mascullan los doctores House, Derek y Meredith, el presidente Bartlett, Robin Williams, Meril Streep y Robert Redford.

Hasta frente a una pantalla de cine no puedo resistir la tentación de, una que otra vez, mirar a los subtítulos en español que tanto detesto para cerciorarme que el protagonista no dijo I spice juice with old fart cuando en realidad quiso decir I despise you with all my heart.

domingo, 10 de enero de 2010

Carta

Un año que viene y otro que se va, y la lista de regalos que cada año espero y que nunca llegará... Para beneficio de quienes no han escuchado mi arenga, y de los científicos e inventores en ciernes, aquí va renovada con los mejores deseos para este nuevo año.

1. Un control remoto para uso exclusivo cuando me siento a ver televisión con el medio mangó. Al apretar un botón, resumirá en 10 segundos a esta servidora cada uno de los 10 programas o películas que sintoniza cada 63 segundos. Así no pierdo la poca cordura que me queda.

2. Un aparato culinario programable para que quite los ingredientes al plato de comida que no le gusta a los chicos de la casa. Por ejemplo, que remueva los gandules del arroz con gandules, cualquier hoja verde del sofrito, el pollo al arroz con pollo, la zanahoria a la ensalada, las nueces a las brownies, la carne al churrasco y el pan al budín de pan.

3. Un despertador que logre que me levante, los días de semana durante el semestre escolar, de buen humor, descansada y con una sobreabundancia de dulzura para bregar con la tarea de levantar, vestir y dar de desayunar en 10 minutos a los chicos de la casa.

4. Un televisor para el dormitorio matrimonial que no emita luz para que el medio mangó pueda dormir tranquilo mientras yo sigo cultivando mi intelecto al ver los programas de cocina y decoración. (Los audífonos existen).

5. Gafas de sol con un lente más oscuro para los días posteriores a las noches que tengo pesadillas con la fotosíntesis, el indisciplinado hermano de Cristóbal Colón, las frases preposicionales y la muestra de 100 personas para el experimento de la feria científica.

6. Un sofá que automáticamente rocíe algo, lo que sea, para fusilar y hacer añicos las descargas sólidas y líquidas de la perra, y con una alarma integrada para alertarla cuando su dueña se acerca con imperceptible furia animal.

7. Una careta con el rostro de una madre imperturbable, a quien todo le importa un bledo, para ponerme en las reuniones con los maestros, amigos y especialistas y ocultar mi coraje e ira, cuando con palabras fríamente seleccionadas para hacerme la vida imposible, y dudar de mis vastas capacidades, estos seres humanos hacen un esfuerzo titánico por ocultar lo brillantes, diferentes, especiales, únicos, inigualables que son los chicos de la casa gracias a esos abnegados, brillantes, talentosos, hacendosos, fajones padres. (Sería acertado usar ese día las gafas con el lente oscuro).

8. Una sesión de yoga o meditación que se active automáticamente cuando necesite domar el coraje que inevitablemente desata la combinación de genes. Deberá activarse a las 6 a.m. durante los días escolares, y también a la hora de estudiar, cocinar, lavar ropa, limpiar los desechos de la perra y cuando el carro o la computadora deciden enriquecer mi vida con más anécdotas impublicables al rehusarse a funcionar. De paso, un par de zapatos a prueba de golpes.

9. La rehabilitación de mis zapatos cerrados negros. Lamento informar que ya se asoma un huequito y una de sus suelas ya no da más. El reemplazo debe estar domado por el tiempo y tener integrado el repelente de insectos.

10. Un curso de emergencia para que los chicos digan al menos 20 palabras al recogerlos de las escuelas en las tardes. Debe excluir los siguientes vocablos por ser ya de uso común: ah, er, no sé, qué hay de comer esta noche, he, arr, ha.

11. Un regulador de tiempo para llevar el compás correcto de las inhalaciones y exhalaciones que son parte esencial de mi vida.

12. Un detector emocional de los chicos cuando estén con sus amigos para ver si puedo decir te amo o me tengo que limitar a un simple te quiero y el volumen adecuado para no arruinar sus reputaciones. De paso, una alarma que se active cuando las preguntas maternales a los amigos se pasan del límite.

13. Un chip traductor para implantar en mi cerebro para que traduzca de forma correcta lo que las personas alrededor están tratando de comunicar. Por ejemplo, el chip traducirá el “quiero más” que emita uno de los chicos al comer una de mis creaciones culinarias como “esto está delicioso”, el “mujer” del chico como “madre querida y adorada”, el “voy ahora” en “me tomará al menos dos horas hacer lo que me pides”, el “ajá” en gracias mil y el “sigue escribiendo” en “eres la escritora de Cupey más talentosa y creativa que jamás haya parido esta isla caribeña” .

14. Al menos 14 lectores inteligentes que publiquen acá abajo, aunque sea de forma anónima, que me leen para evitar que me jarte muy pronto el que no valoren mi tiempo y talento y que un día de estos destroce con uno de los zapatos negros, la perra o con la combinación incorrecta de exhalaciones e inhalaciones la pantalla multicolor del monitor que justo ahora me saca la lengua.