domingo, 31 de enero de 2010

Impericia Médica

El trámite burocrático para demandar al médico primario por impericia médica está a punto de caramelo.


He sido más que paciente con el profesional, y es hora de enviarle un mensaje contundente con una acción legal que estoy segura le hará temblar desde el cuello hasta el dedo gordo del pie derecho. (Excluyo la cara pues ya no tiembla de tantas cirugías plásticas. El pie izquierdo está enyesado por una gran metida de pata).

Es hora de que los consumidores de nuestros países se unan y defendamos nuestro derecho ante el abuso persistente y metódico al que nos somete esta clase profesional privilegiada.

Para beneficio del que no se haya enterado del meollo de mi acción legal, he aquí un recuento igual de fiel al resumen que le hice a mi defensor legal, quien aun no sale de su asombro y perplejidad ante mi reclamo. Por primera vez lo he visto titubear y eso me llena de orgullo y pompa pues no es tarea fácil ver a un letrado abogado mostrar duda.

Resulta ser que, la última vez que tuve que ir a la oficina médica, salí furiosa e iracunda pues, señores, apenas tuve una hora y 43 minutos para ponerme al día leyendo las revistas Hola, Semana, Vanidades, Cosmopolitan, Selecciones de Reader’s Digest y People en Español. El muy distinguido doctor no citó ese día los acostumbrados 23 pacientes por hora y no pude terminar de enterarme de los chismes de la realeza europea, la nueva talla de pantalones de Shakira, la más reciente versión de la muerte de la Princesa Diana, el color de las medias de Michael Jackson al morir, y la identidad del verdadero amor de Luis Miguel. El distinguido médico usurpó una hora y 17 minutos de la lectura para la cual voy preparada con paciencia y amor, luego de asegurarme apagar el teléfono celular y de sentarme lo más lejos posible del paciente con síntomas de resfriado o el que busca conversación. Con la ayuda de dos o tres señas aprendidas por Internet, he pretendido hasta ser sordomuda con tal que me dejen en paz al ejercer la instrucción intelectual.

El médico en cuestión al parecer intuyó que lo iba a demandar al ver mi cara cambiar de color cuando llamó mi nombre. Miré alrededor pero no había nadie más viejo o más enfermo que yo para ejercer de buena samaritana y ceder mi turno para al menos terminar de leer la revista en mis manos. Era muy tarde también para meter la revista dentro de mi bolso pues todos me miraban. Además, con el tiempo he aprendido que los Holas y las Semanas no caben en bolso alguno, y que es imposible arrancar una de sus páginas sin que todas las hojas se suelten, y el desgarrador sonido haga arquear a más de un par de cejas, muchas sin depilar.

Lo cierto es que, dada la gran cantidad de excelentes médicos en nuestro país, he seleccionado a los especialistas por la lectura que ofrecen en su sala de espera. Los más codiciados son lo que tienen estibas con los números más recientes de Hola y Semana. Las revistas pequeñas que reseñan noticias de farándula local las puedo leer en un santiamén mientras hago cola en el supermercado. Además, es imposible camuflajear una de esas revistas en el carrito repleto de caviar, queso manchego, Merlot francés, steak, mariscos, café gourmet y el National Geographic y The Economist del mes.

La lectura de Hola y Semana requiere tiempo no sólo para determinar quién sale con quién, quién viste de Armani o de Carolina Herrera, sino para ver si Talía ya tiene celulitis, si a Carli, la esposa del presidente de Francia, se le quedó un frijol entre los dientes, si a Priscilla, la ex de Julio Iglesias, le ha salido algún chicho y si al rostro de Carolina de Mónaco al fin asoma una arruga (o al menos una lágrima ante los líos de su marido). No niego que también me doy a la tare de confirmar cuánto pelo, si alguno, queda en la cabeza del rey Juan Carlos de España y la de Charles de Inglaterra.

La belleza de estas revistas estriba en el tamaño monumental de sus fotos que permiten a uno escudriñar los poros, impurezas y defectos de los famosos. A más de un niño en brazos de estas estrellas he visto con un pañal desechable Dior a punto de reventar y respiro aliviada al ver que muchos de esos chicos van con la ropa igual de arrugada que la de los míos. Ni hablar de cuando descubro una arruga, chicho, estría o visos de celulitis que me hacen sentir que, no tendremos en común ni la fama ni la plata, pero si otros secretitos.

Eso sí. En mi hogar, jamás, léanlo bien, jamás, verán una de estas revistas. No es esnobismo sino una patriótica y leal empatía a nuestros doctores en medicina al asegurarme de no despreciar su oferta literaria.

Fiel creyente del arbitraje, mi abogado propone una resolución amistosa a mi pleito legal. En aras de fomentar la paz, e inspirada por Gandhi, he propuesto al médico que se asegure tardar al menos tres horas en atenderme … y de paso añadir dos o tres revistas más a su subscripción mensual.

3 comentarios:

  1. Yo lo que quisiera saber es porque las revistas para hombre (y no me refiero a las que venden protegidas por plástico) han sido prohibidas en los consultorios médicos. Comprendo que sean las esposas las que escojan a las recepcionistas y secretarias, pero . . . las revistas también?

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  2. Como siempre, gracioso y me identifico nere

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  3. Me pregunto si a los huevos US les llaman caviar, al queso american singles le llaman queso manchego, al Pontevequio le llaman Merlot francés, al "Corned Beef" le llaman steak,a las sardinas mariscos, al cafe Goya café gourmet y a los mapas de huracanes el National Geographic y a los "Shoppers" The Economist del mes. Suerte tienes que ese medico no tiene un televisor con la programacion de Univision.... asi que no protestes....

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