lunes, 8 de febrero de 2010

Movimiento sospechoso

No se sorprenda si algún día protagonizo la primera plana de la prensa amarilla. El titular seguramente proclame arresto por comportamiento sospechoso dentro de una tienda.

Lo cierto es que, cada vez que estoy en una tienda y por el alto parlante alertan a seguridad de movimiento de mercancia sospechoso en una de las zonas que solo ellos pueden identificar, tiemblo, vibro, palpito y miro a mi derredor para asegurarme si alguien más se comporta suspicazmente.

Usualmente estoy frente a la góndola mirando un producto. Tras escuchar la alerta, confirmo si estoy sola y examino el pasillo a ver si hay un detector de gases. Si llevo los zapatos negros que tanto amo, husmeo a ver si ya la combinación de sudor añejo y fresco ha surtido el nefasto efecto de detonar la alarma de fuego.

De no haber un detector, suelto de inmediato el producto que tengo en mis manos, que por costumbre someto a un escrutinio de calidad y precio. ¿Le habrá resultado sospechoso el que hamaqueara la lata de habichuelas para asegurarme que más de la mitad del contenido es sólido? ¿Encontró sospechoso que tuviera que pegarme el paquete de arroz a la cara para leer las letras pequeñas que indican su procedencia? ¿Pequé al someter a mi olfato al paquete de carne rebajado en un 40% por haber sido empacado hace más de una semana? ¿Levantó sospecha que revisara los 20 potes de aceite para ver si alguno estaba marcado con un precio más bajo? ¿Pensarán que el bulto alrededor de la cintura es un pernil de 20 libras que trato de hurtar?

Si estoy en una tienda departamental o de ropa, me acerco a un espejo y con disimulo reviso mi cuerpo. ¿Levantó sospecha el jean que llevo puesto al cual le falta uno de los bolsillos traseros? ¿O considerarán sospechosa las ubicuas manchas de la camisa por parecer residuos de Ántrax o criptonita?

Descartada esas opciones, doy una ojeada para determinar si la cámara espía enfocó a mi persona justo cuando, luego de cerciorarme de que no hubiera ser humano a la vista (los bebés no cuentan pues no me delatan), usé la agilidad para con disimuladas y recatadas sacudidas de los glúteos desalojar al intruso g string.

Si voy acompañada de los chicos, la primera reacción es preguntarme si la cámara espía leyó mis labios cuando les susurre, siempre con una sonrisa, la amenaza de dejarlos sin mesada por un mes (es tarea imposible determinar quién comenzó el juego de manos) o agarré del brazo a uno en señal de que la furia maternal estaba a punto de ebullición. Peor aún, ¿tendrá la tienda un lector de la mente que haya detectado que soy una potencial asesina en serie de perros?

Lo cierto es que aun no entiendo por qué no me han arrestado dada la cantidad de miradas furtivas, temblequeo, gotas de sudor, confusión y torpeza al escuchar el anuncio. Una que otra vez, me pregunto si no será una señal divina y que quizá este negando mi destino de ser una habilosa ladrona.

Si me arrestan, sólo espero haber olvidado comer habichuelas ese día y dejado en la gaveta el g string para no exponerme a una cadena perpetua por movimientos sospechosos dentro de una celda.