sábado, 27 de marzo de 2010

Contraseña


 
   Los afortunados entes inertes y vivos que me conocen saben que son pocas las situaciones que me hacen titubear en esta vida, y lo más seguro en las venideras.   
   Creí sin parpadear esa aseveración hasta que me topé con el vivir diariamente enfrentada a las desgarradoras y punzantes interrogantes de la computadora que me hacen dudar y cuestionar quién soy, y  dónde rayos está la niña o el niño que los expertos de la nueva era aseguran hay adentro de mí.   
   Usuaria frecuente de varias páginas cibernéticas,  a diario tropiezo con preguntas que descuartizan mi alma.  Juro con la correspondiente solemnidad que esa es la intención de los expertos tecnológicos que idearon el uso de preguntas para cuando se nos olvida la contraseña para entrar a una página Web. Apuesto a que el experto tiene cariz de un sicólogo o sicópata que secretamente busca que nos suicidemos o terminemos rematadamente locos.
   Una de esas páginas donde a menudo olvido la contraseña pide que identifique el apellido de mi abuelo. Pero hay un detalle. No especifica si se refiere al abuelo paterno o materno, o a uno de esos  tíos que funge de abuelo de cuando en vez. No sólo tardo preciados minutos en dar con el abuelo correcto si no que me rompo la cabeza preguntando por qué siempre tiene que ser el abuelo y no la abuela. ¿Acaso piensa el programador que las posibilidades de que me acuerde del nombre de la abuela son menores? ¿Vive traumatizado por algún recuerdo vinculado a su abuela?  ¿Fue una de esas abuelas que se rehúsa, acertadamente, cuidar diariamente a sus nietos?  
  El meollo es más complicado en otra página que ingenuamente pregunta el nombre de mi primera mascota. A una le envié el siguiente mensaje ¿Podría por favor ser más explícito en cuanto a la definición de mascota? ¿Mascota oficial o no oficial? ¿Se refiere a los perros, gatos,  o a los hámsteres de uno de mis hermanos que desaparecieron dentro de nuestro hogar cuando éramos chicos y en más de uno detonó inolvidables pesadillas? ¿Qué tal los gansos de la tía materna a los que teníamos pánico, y la cabra que mi padre recibió como pago por un trabajo, que nunca aprendió que en las urbanizaciones no se berrea? Ni hablar de las guineas y gallinas, algunas de las cuales desaparecían en un santiamén para convertirse en guisos que comíamos sólo si sus cocineras obviaban informarnos su verdadera identidad.
  En una de las páginas, tuve la ocurrencia de crear como pregunta de seguridad “perro desaparecido”. Error grave pues debo introducir  al menos seis nombres de la larga lista de perros que han huido de nuestro hogar por razones que no vienen al caso. ¿Por qué realmente escapó Maicera? ¿Por qué Pola, a quien recogimos y quisimos por tantos años, optó por callejear?
Quise simplificar el dilema existencial en una de las páginas  con la pregunta “perro asesinado”,  pero el ataque de llanto que se apodera de mí cada vez que entro a la página no permite aclarar la mente lo suficiente como para poder contestar.
Hay otras preguntas que estoy segura las escribió alguien cuya vida es demasiado simple. ¿Dónde conociste a tu esposo? ¿Hello? ¿Se refiere a la ciudad, el país o la ruta del autobús? ¿Qué quiere decir con conociste? Una cosa es conocer a alguien por unos segundos y la otra conocerlo al dedillo luego de una cena y una conversación.  El tema de cómo conocí al medio mangó no se puede despachar con una pregunta trivial y hueca que me hace perder dos horas de trabajo al remontarme a ese inolvidable  momento.   
¿Qué tal la pegunta del apellido de soltera de tu madre?  ¿A quién rayos se le ocurre hacer semejante pregunta que no falla en hacerme divagar sobre los días de soltera de mi madre y qué la llevó a casarse y parir 10 hijos? ¿Qué especularán nuestros hijos cuando se topen con esa pregunta en 10 años? ¿Lamentarán que esta servidora haya perdido la soltería para engendrarlos? ¿Cuestionarán sus intenciones de ser marido y mujer en un futuro no muy lejano? ¿Le entrarán deseos de salir corriendo a un sicólogo?
Hay miles de otras preguntas que auguro no afectarían nuestra psiquis. Aquí van unas sugerencias para nuestros programadores de computación.
1. Uña de la mano derecha que más se come.
2.  Dedo del pie izquierdo que más  rasca en el avión.
3. Cantidad de chocolates que se come en un santiamén.
4.  Nombre del primer maestro que insinuó que es bruto o genio.
5.  Palabra soez favorita que  discurre sin querer queriendo de sus labios cuando no logra acordarse de contraseña alguna.