viernes, 2 de julio de 2010

Palomitas

El político que se ganará mi voto en las próximas elecciones será aquel que se atreva a meterle mano a un asunto que llora ante los ojos de Dios, y que pudiera muy bien ser el detonador de una guerra civil en años venideros. Necesitamos ciudadanos valientes que se atrevan alzar su voz de protesta para que el abuso no siga en este país.


Urge legislar con celeridad el que cada persona que ose a entrar a una sala de cine compre su propia bolsita de popcorn, también conocida con el nombre de palomitas de maíz. Si el poder adquisitivo no permite sucumbir ante ese lujo, entonces favorezco que se repartan cupones o se otorguen subsidios o beneficios contributivos para remediar esta situación. No hay nada que me ensañe más con mis parientes y conciudadanos que el tener que compartir una bolsa de popcorn en la sala de cine.

Empecemos por señalar que pecan, a nivel de las grandes ligas, los que terminan compartiendo una bolsa con la persona al lado pues han faltado crasamente a la verdad al asegurar en la fila para comprar las meriendas no tener hambre.

Mi medio mangó es el primer culpable. Al año y dos semanas de casados aprendí la lección de que cuando asevera impasiblemente NO querer popcorn lo que realmente quiere decir es que compartirá la bolsa que yo compro. Ahora ni le pregunto y hago malabares para llegar a mi butaca con las dos generosas bolsas. A más de un ignorante cinéfilo he escuchado cuchichear si al medio mangó no lo alimentan en la casa por la forma en que devora las palomitas. Al unísono se le caerían la quijada y las orejas si lo hubiese escuchado minutos antes vociferando, por tercera vez, no tener hambre al preguntarle, por última vez, si estaba seguro y claro con su descarada aseveración.

Ni hablar de las amigas que llegan tarde a la cita cinematográfica de la semana y que, por no perderse los primeros minutos de la película, terminan metiendo la mano en mi bolsa. Entiendan que mi problema no es el no querer compartir sino el impacto que tiene el ademán de ver una extremidad ajena, en la mayoría de los casos con cinco dedos,violar el contenido sagrado y sublime de mi bolsa, afectando mi concentración en la película. ¿Quién rayos puede concentrarse en el apasionado beso, el debate verbal o el lenguaje corporal de la pareja protagónica si tiene que estar pendiente de cuándo rayos es que le toca pasar la bolsa al vecino para que ejercite sus quijadas?

Los que me conocen saben que soy amante del cine y no les sorprenderá enterarse que he ido a ver una película una segunda vez por culpa de las amigas de lo ajeno.

El chico y la chica de la casa ya saben a qué atenerse y ni osan pedir una roseta de maíz. A mis queridos familiares costarricenses recientemente los arropé con una buena dosis de mi malhumor cuando fuimos al cine en manada y por poco infarto al quedarnos cortos de una bolsa de palomitas, justo la que me tocaba a mí. Cediendo a la presión de la etiqueta familiar, accedí a ser una buena aunque infeliz y desdichada ciudadana compartiendo una bolsa con la chica de la casa pues la dinámica tica al parecer es compartir las bolsas de palomitas de maíz. (Ahora entiendo porque en Costa Rica no hay necesidad de un ejército). Bolsa, por cierto, que la chica de la casa dejó caer justo al comenzar la película, seguro adrede y sobornada por el medio mangó en un intento de revelar ante su familia a la verdadera e iracunda mujer con quien se casó.

De más está decir que al día de hoy ni me acuerdo del nombre del estreno cinematográfico. Pero si me preguntan cuántas palomitas de maíz me sonreían desde el sucio piso de la sala, juro que les puedo dar una cifra fiel y exacta.