lunes, 25 de octubre de 2010

Google




No es secreto que las maravillas del mundo tienen sus defectos y, con mucho pesar les comunico que Google no es la excepción.

Si no fuera por la existencia de este motor de búsqueda, mi vida posiblemente sería muy difícil. Google no sólo se encarga de aclarar quién es quién, sino de informar los códigos telefónicos de los países, la hora exacta en cada país al que llamo, y lo más relevante que ha salido en cualquier lugar de la Web sobre mis temas favoritos. Para mi nueva computadora, con un sistema operativo  completamente diferente al anterior, he resuelto dudas en segundos al sólo insertar la pregunta y tener acceso a cientos de alternativas. 

Pero recientemente puse a prueba su capacidad y temo informarles que hasta Google tiene su límite.

Las dos anécdotas tienen que ver con la misma persona, pero en diferentes circunstancias. En la primera, a mi buena y querida amiga la sometieron un día a una cirugía de emergencia muy delicada y temerosa. El día de la operación, camino a su hogar, compré un ramo de flores frescas y su helado favorito. Al recoger a su hija en  la escuela, me entero de que la madre se había equivocado de fecha y que la operación sería en cuatro días.

Miré las flores y el helado y me pregunté: ¿qué rayos hace uno en esta situación con regalos perecederos?’¿Por qué, siendo yo una mujer tan práctica, no se me ocurrió comprar flores de plástico y una vela con aroma de helado de Häagen Dazs de dulce de leche? ¿Qué se supone uno haga en estas circunstancias?

Ni se imaginan cuánto hubiese dado por tener a Google a mi alcance para googlear la pregunta de qué diantres dicta el protocolo en estas circunstancias. Miré las flores y era obvio que en mi casa no iban a durar así de bonitas dos días ni aunque les echara Miracle Gro, composta, viagra o spray de pelo. El tentador helado no iba a sobrevivir una velada con esta servidora, así que ni corta ni perezosa dejé a su hija y a los regalos en su hogar con la advertencia de que el presupuesto semanal no daba para ir de compras nuevamente en cuatro días. 

Me consta que su hija cumplió a cabalidad el informar la orden de que se asegurara que tanto las flores como el helado duraran hasta el día de la operación. (Aún me asalta la duda pues aunque recibí unas generosas gracias el día equivocado no se repitieron el día de la operación. Mi buena amiga no tiene excusa, pues aunque estuviese postrada y anestesiada no se despega de su Blackberry. Si tenía dudas,  muy bien podía haberle consultado a Google.).

La misma amiga -hay muchas otras, créanme- me invitó unas semanas más tarde asistir a la gala premiere de una película de Hollywood. Justo antes de salir de la casa,  googleé una importante pregunta protocolar: ¿se come popcorn en una gala premiere?  (No me atreví llamar a mi amiga a preguntar por no sufrir su mirada de sorpresa y vergüenza ajena, y arriesgar que no me invitara más. Ya por poco me fusila cibernéticamente cuando pregunté si podía ir con jeans.)

Juro que es la primera vez que Google tarda un poco más que de costumbre encontrar una respuesta. Nerviosamente me limpié las uñas, me levanté, di una vuelta y volví, resuelta a ver la respuesta y acatar el protocolo. Llegaron más de 100,000 respuestas, pero un vistazo a las primeras cien reveló que no iban a ser de utilidad, a menos que el dilema fuera en qué sala de cine a nivel mundial sirven el mejor popcorn. La indirecta googleana no podía ser más directa: nadie pregunta eso, lo que quiere decir que a nadie más que a esta servidora se le ocurre comer popcorn en una premiere.


Les cuento que cedí a la presión social y no compré la bolsita de popcorn, pues no iba con mi elegante atuendo. Además, tenía  dudas de cuántas rosetas quedarían en la bolsa una vez llegara a mi butaca luego de balancear en los tacos de un cuarto de pulgada el popcorn, mi bolso y mi abultado pero esbelto cuerpo aderezado con Cuba Libre. Me estuve sulfurando toda la noche al escuchar a las elegantes damas y caballeros a mi alrededor degustar, con voraz apetito, sus generosas bolsas de popcorn, sin importarles que sus vestidos de diseñador se salpicaran con las rosetas.

La próxima vez, digo si mi amiga se arriesga a subsidiar dos horas más de irritación vecinal, prometo dejarme guiar por mi instinto animal  insinúe lo que insinúe Google. 

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