viernes, 10 de diciembre de 2010

Noticia

Temo compartirles una noticia seria y alarmante.

Hace exactamente tres semanas, dos días, cuatro horas y seis minutos un malicioso y descarado joven tuvo la osadía de llamarme señora. Justo dos horas más tarde, seguro por instrucción del primero, un vendedor ambulante se acercó a mi carro y me dijo doña.



Empecemos por mi reacción física ante los difamadores epítetos cuyo propósito, no dudo, era humillarme y recordarme la infalibilidad del ser humano. A pesar de que mi rostro estaba cubierto de una generosa dosis de base, además de una  tercera parte oculta detrás de mis gafas de sol, en ambas ocasiones se tornó rojo púrpura, a la misma vez que el entrecejo se estriñó tratando de relajar los recios músculos faciales. La mano derecha se activó rápidamente, seguro con la intención no intencionada, valga la redundancia,  de darle un sopetón tanto al insolente joven que acababa de acomodar las bolsas de lona  en el baúl de mi carro como al vendedor ambulante que de seguro se había robado los aguacates del árbol de la vecina. 


En el primer caso, a tiempo reaccioné y aguanté el puntapié que iba directito a la ingle del cruel joven. (Por falta de pierna,  no de agilidad, no logré apuntar más arriba como dicta la tradición femenina ante esta desfachatez).



Gracias a Darwin, el creador, Jehová o Mahoma la reacción emocional no se asomó, pues posiblemente se hubiese desatado un motín en pleno estacionamiento del centro comercial y en la carretera de Río Piedras a Caguas.  En ambos casos, lo primero que me pasó por la mente  fue preguntarme si los dos hombres  estaban drogados o borrachos o no tenían la madurez cerebral para percatarse de que estaban frente a una mujer joven. Descartada la teoría, eché un vistazo rápido a mi persona y no encontré razón alguna para que de la noche a la mañana pasara de joven a señora o doña. Las arrugas están ahí, por supuesto, al igual que la piel más flácida en  el cuello,  pero la actitud, el estilo de vida y la arrogancia de una mujer joven siguen intactas. 


Además,  en ambos casos de la estación radial no emanaba en esos momentos música de Los Panchos ni de Daniel Santos, sino un sabroso rock español y una pegajosa salsa.

 Al empacador de la compra lo despaché con una peseta, no con el tradicional dólar, alegando que el cheque del retiro no daba para más. Al vendedor ambulante le devolví ceremoniosamente el aguacate diciendo que la caja de dientes postizos no resistiría una mordida del tieso aguacate del árbol prohibido.  



Dos semáforos de tráfico más adelante se acercó  un  apuesto y cortés muchacho de un conocido centro de rehabilitación para usuarios de drogas. Al escuchar su  respetuoso  “joven” no dejé que terminara su discurso de ventas y sin pensarlo ni dudarlo le compré tres paquetes de bolsas de basura.




1 comentario:

  1. Todavia me rio recordando el dia que un vecino en el campo llamo a mi esposa "varona".

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